La frase se aplica a aquél que viene precedido de su mala reputación y que no merece ser presentado ni presentarse él mismo.

También al que no puede ir a ninguna parte en la que se requiera seriedad o valía, ya que dejaría en evidencia a sus valedores.

Tiene su origen en una utilización reciente de una antigua acepción del verbo presentar: proponer a alguien para una dignidad, oficio o cargo.

Y con tal valor semántico se utilizaba en medios eclesiásticos y jurídicos.

A fin de que el sujeto en cuestión no fuera rechazado, era imprescindible que reuniera cualidades, preparación y presencia, que presentara un determinado perfil que le hiciera adecuado al puesto, que fuera considerado apto para el desempeño del puesto.

A principios del XIX eran corrientes en los ámbitos anteriormente citados los calificativos de presentable e impresentable. Siendo éste último el merecido por el aspirante que no cumple los requisitos.

Posteriormente este significado se trasladó a otras acepciones del verbo presentar más habituales, como: introducir a alguien en la casa o en el trato de otra persona, a veces recomendándole personalmente.

A resultas de lo cual, se considera impresentable a aquél al que uno no se atreve a introducir entre sus amistades, compañeros de trabajo u otros círculos, por temor a que nos deje en evidencia o nos avergüence por no estar a la altura de las circunstancias.

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