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¿Sabías por qué se dice QUIEN SE FUE A SEVILLA PERDIÓ SU SILLA como una especie de disculpa cuando uno ocupa el lugar que otro ha abandonado?

Esta frase se utiliza como advertencia para que los que abandonan provisional y voluntariamente un cargo o lugar, no reclamen nada a su regreso si lo encuentran ocupado por otro.

Esta frase, junto a la de Santa Rita, Rita, lo que se da no se quita, son una especie de dispensa a las múltiples disputas que se dan entre niños por la posesión de un objeto o una posición privilegiada. Tanto los más mayores en su infancia como los actuales niños las siguen utilizando, como una especie de “no se admiten reclamaciones”; si querías el objeto o posición, no haberlo dado o abandonado.

La frase del título tiene su origen en un hecho histórico ocurrido en el siglo XV, durante el reinado del rey Enrique IV de Trastámara (1425-1474).

Los Fonseca eran una familia noble de origen portugués muy influyente en la Iglesia, al tener responsabilidades eclesiásticas varios de sus miembros. Alonso de Fonseca era el arzobispo de Sevilla, cuando se nombró a su sobrino —con el mismo nombre y apellido— arzobispo de Santiago de Compostela.

Cuando el joven sobrino fue a tomar posesión del arzobispado, lo encontró involucrado en unos graves conflictos que afectaban al reino de Galicia. Al no poder dominar la situación pidió ayuda a su tío y, de mutuo acuerdo, decidieron intercambias temporalmente las diócesis.

Una vez Alonso de Fonseca tío solucionó los problemas de la diócesis compostelana, volvió a Sevilla; pero el incapaz y ambicioso sobrino se negó a devolverle su silla arzobispal. No bastó un mandamiento papal para dejar las cosas en su sitio, sino que fue necesaria la intervención del rey.

Toda la historia causó un gran revuelo, que fue el que perpetuó la frase, que en realidad debería ser quien se fue de Sevilla perdió su silla, que es como aparece en las recopilaciones de dichos más antiguas.

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Que los signos de puntuación son importantes no cabe la menor duda, pero ¿nos hemos parado a pensar que su ausencia o mala colocación puede dar al traste con el mensaje que deseamos comunicar? Por ejemplo no es lo mismo decir: “Dame el libro gordo” que “Dame el libro, gordo” o “Estoy contigo, no con él” que “¿Estoy contigo? No. Con él.”

Para ilustrar el tema he escogido el siguiente relato no exento de gracia, o al menos, de picardía.

Las tres hermanas

Un joven anda “tonteando” con tres hermanas. Hasta que éstas un día le presentan un ultimátum: debe decidirse por una. El petimetre les contesta con un escrito que al día siguiente les entrega en mano. Al tiempo que les anuncia que debiendo marchar  urgentemente de viaje no ha podido puntuar la respuesta, encargándoles que coloquen ellas los correspondientes signos. Se marcha y las mozas se lanzan esperanzadas sobre el papel, cuyo contenido viene en verso. Leen:

Juana Teresa y Leonor
puestas de acuerdo las tres
me piden que diga cuál es
la que prefiere mi amor
Si obedecer es rigor
digo pues que amo a Teresa
no a Leonor cuya agudeza
compite consigo ufana
no aspira mi amor a Juana
que no es poca su belleza

Teresa lo vio claro, ella era la elegida. La puntuación obligada era:

Si obedecer es rigor,
digo, pues, que amo a Teresa.
No a Leonor, cuya agudeza
compite consigo ufana.
No aspira mi amor a Juana,
que no es poca su belleza.

Mas Leonor le respondió que había más signos de puntuación que puntos y comas ¿Qué les parecía esto a sus hermanas?

Si obedecer es rigor,
¿digo, pues, que amo a Teresa?
No, a Leonor, cuya agudeza
compite consigo ufana.
No aspira mi amor a Juana,
que no es poca su belleza.

Entonces Juana, alertada por las interrogaciones introducidas por Leonor y atendiendo al piropo que el galán le dedicaba, discurrió que era ella la elegida y que el versillo debía de puntuarse así:

Si obedecer es rigor,
¿digo, pues, que amo a Teresa?
No. ¿A Leonor, cuya agudeza
compite consigo ufana?
No. Aspira mi amor a Juana,
que no es poca su belleza.

Con lo que el enigma no se aclaraba. Hubieron de esperar al regreso del joven, que demostró ser un frescales, falto sobre todo de delicadeza. Su puntuación era ésta:

Si obedecer es rigor,
¿digo, pues, que amo a Teresa?
No. ¿A Leonor, cuya agudeza
compite consigo ufana?
No. ¿Aspira mi amor a Juana?
¡Que no! Es poca su belleza.

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