San Valentín

El Día de San Valentín es una fiesta con mucha historia, aunque sus orígenes son inciertos.
La versión que goza de mayor aceptación hace referencia a Valentín, un sacerdote que vivió en Roma durante el siglo III d.C. bajo el mandato del emperador Claudio II, en una época en que el cristianismo era una religión prohibida, y todos los que insistían en difundir las enseñanzas de Jesús eran duramente castigados.
El déspota emperador romano decidió que eran mejores soldados los hombres solteros, al carecer de cargas y lazos familiares, y decretó la prohibición de contraer matrimonio. Por entonces, Valentín era obispo de Interamna (lo que hoy es Terni). Fiel a su creencia de que los decretos que prohibían el casamiento eran indignos y que el pueblo debía amar a Dios y contraer matrimonio libremente, Valentín casaba a las parejas en secreto.
Cuando lo descubrieron, fue detenido y llevado ante el emperador, que intentó persuadirlo para que abandonara el cristianismo a cambio del indulto. Comoquiera que se negó, fue encarcelado. Y fue entonces cuando, según la leyenda, se produjo el milagro que le elevó al santoral.
El carcelero, sabedor que Valentín era un hombre de letras, le confió la instrucción de su hija Julia, una hermosa joven ciega de nacimiento, a la que transmitió no sólo sus enseñanzas sino también su fe. Al tiempo, Julia recuperó la visión de forma milagrosa.
El 14 de febrero —no hay acuerdo en el año, aunque se supone que sucedió entre el 269 y el 271— Valentín fue ejecutado.
Pero el 15 de febrero era la fecha en que se celebraba una fiesta pagana de la fertilidad o lupercalia, en honor del dios Lupercus (el Pan o Faunus griego) y muchos historiadores sostienen que la Iglesia Católica fijó esta conmemoración para cristianizar una festividad pagana de la antigua Roma.
En esta celebración, los antiguos romanos se reunían en una gruta llamada Lupercal, en el monte Palatino. Según su mitología, Rómulo y Remo habían sido amamantados allí por una loba. Sacrificaban animales y fabricaban correas con tiras de piel ensangrentada. Se creía que aquél que recibiera un golpe con esas correas se volvería más fértil. Por eso, las personas que querían tener hijos acudían en masa a esta celebración, asociada al amor y al sexo, y los jóvenes recorrían la ciudad azotando con látigos a las mujeres que se encontraban a su paso para que el dios de la fecundidad les concediera su gracia.
Cuando el Papa Gelasio, a finales del siglo V d.C., decidió prohibir esta fiesta pagana, sus incondicionales la siguieron celebrando en secreto, aunque la trasladaron al 14 de febrero, coincidiendo con el ya popular día de San Valentín.
La celebración del Día de San Valentín se oficializó en 1969, año en el que el calendario católico estableció el día 14 de febrero como recordatorio del santo. La combinación de las historias, leyendas y celebraciones del pasado convirtió esta fecha en el Día de los Enamorados.
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¿Sabías por qué llamamos COTILLÓN al conjunto de adornos y baratijas con el que se celebra Nochevieja?
Hablamos de pitos, serpentinas, confeti, sombreritos, matasuegras, antifaces y otros pequeños obsequios que se regalan en algunas fiestas para estimular la alegría y el jolgorio.
Cotillón es palabra de origen francés, que entra al idioma castellano en el siglo XIX sin variaciones y cuyo significado es ‘refajo, enaguas’. Es término aumentativo de cotte, ‘paño, jubón, cota’.
En Francia y en ciertas fiestas de sociedad se acostumbraba a bailar un tipo de danza con figuras a compás de vals. La vestimenta pasó a denominar también el baile y, con el tiempo, las fiestas que se finalizaban con esa danza también se denominaron cotillones.
En estas fiestas también se repartían pequeños obsequios para dar mayor alegría y animación a la danza, en una especie de fin de fiesta. Así que no es de extrañar que el término cotillón agrupara además del baile los objetos en sí.
Actualmente el cotillón ha quedado relegado a las celebraciones de Nochevieja y a los instantes previos y posteriores al cambio de año. Junto al ruido, los cantos y el baile con los que, desde antaño, se pretende alejar a los malos espíritus.
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¿Sabías por qué llamamos DÍA DE LOCOS a aquél en el que estamos muy atareados, con prisas y agobiados?
El que lo sufre puede acabar enajenado y comportándose como un demente, pero la frase tiene su origen en una fiesta medieval.
En algunos países europeos se celebraba el Día de los Locos el primer día de enero.
Esta fiesta popular consistía en una parodia bufonesca y a veces obscena de las normas y jerarquías establecidas. Todo funcionaba al revés y nada era como debía ser. Se coronaba al más desgraciado como Rey de los Locos, se le erigía un trono en la plaza principal de la población y se le asignaba un cortejo igualmente lunático, que la multitud seguía entre bromas, gritos y aclamaciones.
Aunque las autoridades estaban en contra de esta celebración que les ridiculizaba, e imponían penas severas, la costumbre perduró hasta mediados del siglo XV.
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¿Sabías el origen de SANTA CLAUS?
Santa Claus, Father Cristmas, Kolya, Niklas, Pezel-Nichol, Semiklaus, Svaty Mikulas, Sinterklass, Papá Noél, Baboo Natale, Knecht Ruprecht, Père Noël… son diferentes nombres para el mismo personaje patriarcal, tierno y protector que reparte regalos a todos los niños del mundo durante la noche del día de Navidad. Anteriormente se le llamó San Nicolás y mucho antes se le conoció como Señor Invierno en centro-europa.
San Nicolás, nacido en Licia (Asia Menor) a finales del siglo III, Obispo de Myra y patrono de Rusia y Grecia, fue una de las figuras más veneradas durante toda la Edad Media tanto en Oriente como en Occidente, y muy especialmente en Bari (Italia) donde se conservan sus reliquias, recuperadas de los musulmanes en 1087 por marinos italianos.
Provenía de una familia adinerada y a la muerte de sus padres se encaminó a la vida religiosa, haciéndose muy popular por su amor a los niños entre los que repartió su fortuna personal. Su fama se extendió y le fueron atribuidas historias milagrosas o de gran bondad como repartir regalos en salidas nocturnas, calmar tempestades o resucitar muertos.
Un relato destaca entre los demás y en él se reconocen algunos aspecto de la tradición. Se trata del relato de Las tres hermanas:
En la ciudad de Patara había tres niñas que no se podían casar porque eran pobres y su padre no tenía dinero para la dote. Por lo que el hombre decide venderlas cuando alcancen edad de ser desposadas.
Enterado San Nicolás acude a la casa para entregar una bolsa de monedad de oro, pero para no ser descubierto la lanza a través de la ventana y ésta cae dentro de un calcetín que la joven había colgado en la chimenea para que se secase.
El viaje se repite para cada una de las niñas cuando llega el momento.
En otras versiones el padre decide prostituirlas, la bolsa de oro son ahora lingotes y éstos son lanzados por el hueco de la chimenea.
En invieno se celebraban las saturnales o fiestas de Saturno en el Imperio Romano. Estas fiestas y ceremonias religiosas terminaban con la entrega de regalos a los niños por parte de todos. La costumbre pervivió al paso del tiempo y en cada lugar era un personaje diferente el encargado de entregar regalos: Befana, la bruja buena, los entregaba a los niños italianos, el Tió a los niños catalanes, el gigante Olentzero a los niños vascos. Y duendes, campesinos de barba blanca, carboneros y otros tenían la misma función en otros parajes. El personaje de San Nicolás hizo de aglutinador.
La tradición de San Nicolás arraigó especialmente en Holanda a partir del siglo XIII, llegando a nombrarle santo protector de Amsterdam. En aquellos días se le representaba con barba blanca, ornamentos eclesiásticos, montado en burro y cargando un saco con regalos para los niños buenos y varas para los desobedientes.
Hacia el siglo XVII llegaba en un barco llamado Spanje (España), con un caballo blanco y un sirviente moro llamado Zwarte Piet (Pedro el negro), que cargaba un saco con golosinas que, cuando quedaba vacío, servía para meter en él a todos los niños que se habían portado mal durante el año y entonces los llevaba a España (un castigo horrible para la época, ya que ambos países eran enemigos).
En Europa no ocurrió lo mismo debido a la tradición reformista inspirada por Lutero, que intentó sustituir al portador de regalos por el propio Niño Jesús —el Cristkind— aunque sin éxito. Aunque sí que tuvo un efecto, pues San Nicolás entregaba los regalos durante la noche del 5 al 6 de diciembre y el rápido avance de la costumbre de entregar los regalos del niño Dios en el día de Navidad, forzó que él también entregara los regalos ese día.
Cuando en 1624 los emigrantes holandeses fundaron Nueva Holanda en el continente americano —Nueva York al pasar a dominio inglés— trajeron con ellos su Sinterklaas, que luego derivó en Santa Claus por la pronunciación anglosajona y desde aquí se popularizó a todo el continente norteamericano, dejando en el camino a su sirviente moro.
Más tarde la tradición hizo el camino inverso y fue Santa Claus quién se popularizó en Europa.
La imagen de Santa Claus fue pasando por diversos estadios hasta llegar a su forma actual. En un poema de 1823 escrito por Clement C. Moore, cambió el trineo tirado por un caballo blanco por uno tirado por renos y lo describió como un tipo alegre, robusto, gordo y de baja estatura. Y situó su llegada en la vigilia de Navidad.

Posteriormente el dibujante Thomas Nast creó la imagen del personaje vestido de rojo, con gorro y botas altas que saltó a todas las revistas infantiles y periódicos de su tiempo, añadiéndole detalles como el taller del polo norte y su vigilancia sobre los niños buenos y malos de todo el mundo.
Finalmente fue la Coca Cola la que le dio su actual aspecto en 1931, al encargar a Hadbon Sundblom —dibujante de origen sueco— que remodelara el Santa Claus de Nast. Éste creó un personaje eternamente jovial, más alto, más gordinflón, cargado de años, con barba y bigotes blancos y sedosos, y con ojos pícaros y chispeantes. Mantuvo los colores rojo y blanco -que son los de la compañía- e hizo su traje más lujoso.
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¿Sabías por qué SANTA CLAUS VISTE DE ROJO Y BLANCO?
El color de su vestimenta es otro aspecto más de la evolución del icono navideño.
La leyenda de Santa Claus proviene de las que desde muy antiguo se han atribuido a San Nicolás de Bari —obispo de Myra —que entregó todos sus bienes a los pobres, distinguiéndose siempre por su generosidad hacia los niños.
En la Edad Media, la leyenda de San Nicolás arraigó de forma extraordinaria en Italia y en los estados alemanes y holandeses. Cuando los holandeses colonizaron Nueva Amsterdam —la actual isla de Manhattan— erigieron una imagen de San Nicolás e hicieron todo lo posible para mantener su culto y sus tradiciones en el Nuevo Mundo.
La devoción de los inmigrantes holandeses por el santo era tan profunda y pintoresca que el escritor norteamericano Washington Irving satirizó éstas y otras costumbres holandesas en un libro titulado Knickerbocker’s History of New York (La historia de Nueva York según Knickerbocker) publicado en 1809. En él, San Nicolás era despojado de sus atributos obispales y convertido en un hombre mayor, grueso, generoso y sonriente, vestido con sombrero de alas, calzón y pipa holandesa, que se dedicaba a arrojar regalos por las chimeneas gracias a un caballo volador que arrastraba un trineo prodigioso.
La popularidad alcanzada por el llamado “guardián de Nueva York” contagió a los norteamericanos de origen inglés, que comenzaron también a celebrar su fiesta cada 6 de diciembre, y que convirtieron el Sinterklaas o Sinter Klaas holandés en el Santa Claus norteamericano.
En 1823, un poema de Clement Moore titulado A Visit of St. Nicholas (Una visita de San Nicolás) publicado en el periódico Sentinel de Nueva York, contribuyó a la evolución de los rasgos típicos del personaje. En el poema, San Nicolás aparecía sobre un trineo tirado por renos y adornado de sonoras campanillas. Su estatura se hizo más baja y gruesa, y adquirió algunos rasgos próximos a la representación tradicional de los gnomos (que según algunas viejas leyendas germánicas otorgaban premios y castigos a los niños).
En 1863, Thomas Nast —un dibujante y periodista de origen alemán— publicó en el periódico Harper’s Weekly su primer dibujo de Santa Claus, en el que lo presentaba con figura próxima a la de un gnomo, en el momento de entrar por una chimenea. Sus dibujos de los años siguientes fueron transformando sustancialmente la imagen de Santa Claus, que ganó en estatura, adquirió una barriga muy prominente y se rodeó de elementos como el ancho cinturón, el abeto, el muérdago y el acebo.
Cuando las técnicas de reproducción industrial hicieron posible la incorporación de colores a los dibujos publicados en la prensa, Nast pintó su abrigo de un color rojo muy intenso. Aunque no se sabe con certeza si fue él el primero en hacerlo, o si lo hizo por influencia de Louis Prang, un impresor de Boston que publicaba postales navideñas en que aparecía Santa Claus con su característico vestido rojo.
Durante la segunda mitad del siglo XIX se consolidó la figura de Santa Claus merced a las grandes tiradas de tarjetas de felicitación con fines publicitarios y se avanzó en el proceso de abandono de los aspectos religiosos que hasta entonces le acompañaban. Dejó de ser una figura religiosa para convertirse en un emblema cultural, celebrado por personas de credos y costumbres diferentes, que aceptaban como suyos sus abiertos y generales mensajes de paz, solidaridad y prosperidad. Dejó de ser un típico personaje de la sociedad norteamericana de origen holandés para universalizarse con su viaje de vuelta a Europa.

Para la campaña publicitaria de la empresa de bebidas Coca-Cola en la Navidad de 1931, los dirigentes de la empresa pidieron al pintor Habdon Sundblom —de origen sueco— que remodelara el Santa Claus de Nast. El artista, que tomó como primer modelo a un vendedor jubilado llamado Lou Prentice, hizo que perdiera su aspecto de gnomo y ganase en realismo. Santa Claus se hizo más alto, gordinflón, de rostro alegre y bondadoso, ojos pícaros, chispeantes y amables, con pelo cano y sedosa barba y bigote y fue vestido con un traje más lujoso de color rojo con ribetes blancos, que eran los colores oficiales de Coca-Cola. El personaje estrenó su nueva imagen, con gran éxito, y el pintor siguió haciendo retoques en los años siguientes, incorporándose a sí mismo como modelo del personaje, y a sus hijos y nietos como modelos de los niños que aparecían en los cuadros y postales.
aspecto celebración color leyenda navidad niños personajeMisa del gallo

¿Sabías por qué se llama MISA DEL GALLO la misa de medianoche del 24 de diciembre?
La costumbre proviene de los ritos de los templos de Jerusalén.
Allí los católicos celebraban tres misas el día del nacimiento de Jesús: una en la noche a la hora del nacimiento del Señor, otra al amanecer como signo de la resurrección y una tercera en el templo, siendo ésta el oficio solemne del día.
El nombre de Misa del gallo hace referencia a los primeros seres que acudieroa a adorar al Niño, las aves, y a que se celebraba ad cantus galli, ‘al canto del gallo’ en latín.
Antiguamente era costumbre imitar el canto el gallo durante la celebración.
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¿Sabías por qué celebramos la Navidad el 25 de diciembre?
En Navidad (contracción de Natividad) celebramos el nacimiento de Jesucristo con una fiesta establecida en el siglo IV y de las más solemnes del calendario cristiano.
Con anterioridad los cristianos tan sólo conmemoraban la Pascua de Resurrección, pues desconocían la fecha del natalicio y tampoco le otorgaban demasiada importancia al hecho frente al verdaderamente importante de la resurrección.
Posteriormente al desearse celebrar el nacimiento, algunos teólogos propusieron fechas muy dispares que abarcaban desde el 6 de enero al 25 de mayo. En el concilio de Nicea (325 d.C.) se fija la fecha en el solsticio de invierno (en el hemisferio norte) y más concretamente se decide celebrar la Navidad el 25 de diciembre, para aprovechar que en esta fecha ya se celebraban en la antigüedad diversas fiestas paganas, como las “saturnales” romanas, la llegada del invierno entre los britanos y el Natalis Solis Invicti, ‘natalicio del sol inconquistable’ en latín, en honor de Mitra, dios asimilado más tarde al Apolo romano.
Y como sea que ya desde el siglo II se celebraba en los primeros días de enero la Teofanía —fiesta de la manifestación del Salvador, que agrupaba su nacimiento y su adoración por los Magos— la Iglesia optó por desglosar en dos la celebración, situando el nacimiento en la fecha señalada, con el objetivo de simular su integración en las fiestas paganas de la celebración del solsticio, a la vez que dotaba de contenido cristiano la celebración del nacimiento del Invicto, Jesús; dejando para el 6 de enero la celebración de la Epifanía o Adoración de los Magos.
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¿Sabías el origen de la tradición de montar el pesebre navideño o belén?
La costumbre de representar el nacimiento de Jesús llegó a España en el siglo XVIII cuando el Rey Carlos III hizo traer esta tradición desde Nápoles. Un siglo después, los belenes habían arraigado con fuerza en toda la península.
Esta representación que suele hacerse en las iglesias y en las casas durante el tiempo navideño debe sus origen a las representaciones litúrgicas del misterio navideño y a la primera escenificación que hizo San Francisco de Asís en Greccio en 1223.
Tras asistir a la celebración de la Navidad en la ciudad de Belén, quedó tan impresionado que, a su regreso a Italia, pidió un permiso al Papa Honorio III para reproducir en vivo el nacimiento de Jesús en una cueva próxima a su pueblo natal, con una imagen en piedra del niño, un buey y un asno y un reducido grupo de aldeanos.
En aquella cueva, San Francisco de Asís celebró la Misa del Gallo de la Nochebuena de aquel año y se dice que durante el oficio la figura del niño Jesús cobró vida, lo que contribuyó a difundir la costumbre.
Hacia finales del siglo XV, los actores que protagonizaban la natividad comenzaron a ser sustituidos por figuras de barro y durante el siglo XVI, los frailes franciscanos llevaron la costumbre a América, volviéndose una actividad obligada durante la navidad en las comunidades cristianas.
A partir de ese momento la iglesia católica promovió en los templos, hogares y sitios públicos, las representaciones del nacimiento del niño Jesús, a fin de que creciera el interés por las fiestas navideñas como una exaltación a Cristo, lo que se consigue gracias a la labor de los franciscanos, de los dominicos y de los jesuitas.
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¿Sabías el origen del BRINDIS?
Si hay alguna cosa que se hace a menudo en las celebraciones es brindar. Entrechocar de copas, unas palabras, chin-chin y adentro. Pero… ¿por qué brindamos?
El origen de la tradición lo encontramos en la Grecia clásica y el motivo es eminentemente práctico.
Ocurre que en la Grecia del siglo VI aC. era usual eliminar a un enemigo o a un rival político envenenando el vino que luego se le daba a beber. Tan frecuente llegó a ser, que se hizo obligatorio que el anfitrión bebiera el primer vino que se servía de la jarra para demostrar a los invitados que no entrañaba peligro su consumo. Una vez el anfitrión había bebido, el resto de comensales —convencidos de la ausencia de veneno— alzaban sus copas y bebían todos juntos.
Posteriormente los romanos adoptaron la afición griega al envenenamiento y el brindis como defensa contra él. Y comoquiera que ciertas argucias por parte del envenenador hacían algunas veces inoperante el brindis, se adoptó la costumbre de entrechocar las copas al objeto de que se produjese un pequeño intercambio de líquidos entre ellas. Así, en el hipotético caso de que existiese veneno en la copa del invitado, éste pasaría a la copa del anfitrión.
Es más reciente el carácter solemne y de celebración que acompaña al brindis. Durante el siglo XVIII era un acto social con el que se brindaba por la salud de algún amigo presente y se consideraba una descortesía, e incluso un insulto, omitir un brindis en honor de un invitado.
De todas manera, sigue presente en el brindis el motivo: la salud. ¡A tu salud! ¡A la salud de…! ¿Y qué mejor signo de salud que no caer fulminado por el veneno?
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Colaboración de Arturo Ortega Morán
¿Sabías por qué llamamos ANFITRIÓN a quien recibe invitados en su casa?
Nos encanta ser anfitriones. Apenas surge un motivo, y ya estamos bien puestos para organizar la fiesta en nuestra casa. Nos gusta que al final, nuestros invitados se vayan contentos y con un buen recuerdo de nuestra atención. Esto nos motiva para, en cuanto se pueda, volver a ser los anfitriones.
Pero, ¿por qué le decimos anfitrión a quien recibe invitados en su casa? Aunque, en el DRAE dice: “anfitrión: De Anfitrión rey de Tebas, espléndido en sus banquetes”, la realidad es que, el origen del uso que le damos a la palabra, nada tiene que ver con las pachangas que pudiera haber organizado este señor. Aunque, para él, hubiera sido mejor que así fuera.
Todo empieza en una de las intrincadas historias de la mitología griega. Alcmena, hermosa princesa de Micenas, era la mujer de Anfitrión; un valiente general de Tebas que era hijo de Arceo (rey de Tirinto). La valentía y estirpe de Anfitrión, no fueron impedimento para que el prepotente Zeus, impresionado por la belleza de Alcmena, urdiera un plan para poseerla.
Aprovechando una noche en que Anfitrión cumplía con sus deberes militares —o al menos eso le dijo a Alcmena— Zeus, haciendo gala de sus habilidades taumatúrgicas, adoptó la forma del desdichado esposo, y, ni tardo ni perezoso, se acostó con Alcmena, que para nada notó la diferencia (…o tal vez sí). De esa unión, habría de nacer el legendario Hércules… pero esa es otra historia.
Este drama, no se le iba a escapar a Plauto (254-184 a.C.); dramaturgo cómico romano, quien tomó el tema y escribió la comedia Anfitrión.
Mucho tiempo después, en 1668; el dramaturgo francés Molière, recreó la comedia de Plauto. En la escena final, se representa un banquete, donde Socia , que era el mensajero del capitán Anfitrión, no sabe si está hablando con su verdadero amo, o con el dios Júpiter (Zeus para los romanos) convertido en éste. Y, cuando es invitado a la mesa, su preocupación termina y dice: “le véritable Amphitryón est l’Amphitryon où l’on dine…”, que podría traducirse como: “El verdadero Anfitrión, es el que invita a cenar”.
La frase fue recibida con simpatía por el público, y, pronto, Amphitryon se incorporó a la lengua francesa con el significado de: “El que invita a cenar”. Habría de pasar un tiempo para que la palabra se incorporara al español. Apareció por primera vez en el diccionario de la RAE, en la edición de 1869.
Quizá, después de conocer la historia, ya no nos cause tanto entusiasmo cuando se refieran a nosotros como… los anfitriones.
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