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Piropo

¿Sabías por qué llamamos PIROPO a una lisonja, a un requiebro?
Los hay galantes, curiosos, graciosos y hasta groseros.
El término piropo proviene de pyr, ‘fuego’ en griego, y ops, ‘ojo, vista’ en griego y viene a decir algo así como ‘mirada de fuego’. Estos piropos, que no son más que frases, más o menos encendidas, que alaban públicamente la belleza de una mujer, son más o menos políticamente correctos dependiendo del lugar y la época.
Algunos ejemplos:
¡Tú con esas curvas y yo sin frenos!
¡Muñeca! ¿De qué juguetería te escapaste?
Si yo fuera pirata, tú serías mi tesoro.
¡Quién fuera bizco para verte dos veces!
Quisiera ser gato para pasar siete vidas a tu lado.
También pueden alabar otras cualidades aparte de la belleza y, por supuesto, no siempre van dirigidos a las mujeres.
belleza caradura costumbre sexo
Existe una tradicional regla publicitaria no escrita, según la cual todos los relojes deben señalar las 10:10 cuando son fotografiados para figurar en un anuncio.
Pero no es tal hora fruto del capricho, sino de un minucioso análisis estético de la imagen y de su impacto psicológico. Para empezar, no resultan estéticas las horas en las que se superponen las agujas, pues da la impresión de que el reloj tan solo tiene una. Por ello se eliminan las 12:00, las 13:05, las 14:10, las 15:15 y las demás en que se cumpla esa regla. Por el mismo motivo se rechazan aquellas en las que las agujas estén muy próximas, pues ofrece una sensación de amontonamiento sin sentido al quedar libre el resto de la esfera. Parece que unos diez minutos (60 grados de arco) podría considerarse una distancia de separación mínima.
Tampoco son admisibles las horas en las que las agujas se oponen, pues dan la impresión de ser una sola manecilla que atraviesa la esfera por su centro, cual flecha de cupido atravesando un corazón. Por ello se eliminan las 12:30, las 18:00, las 08:05, las 17:55 y las demás en que se cumpla esa regla. Por la misma razón se rechazan, como en el caso anterior, las horas que estén muy próximas a ese ángulo recto de 180 grados de arco. Y también en este caso los diez minutos parecen corresponderse a una distancia de separación mínima.
Tenemos límites “superiores” e “inferiores” que no nos permiten acercar las manecillas a menos de unos diez minutos ni separarlas más de veinte, para mantener cierta “distancia de seguridad” respecto del ángulo nulo y del ángulo plano. Notar que si las separamos más de treinta minutos (más de 180 grados de arco) nos encontramos en la otra mitad en la misma situación.
Tal como está la situación con la esfera dividida en dos sectores (a un lado y al otro de las agujas), la solución más equilibrada visualmente es que uno de los sectores sea el doble de grande que el otro. Al dividir los 360 grados de arco en tres partes, obtenemos 120 grados de arco, lo que se corresponde con veinte minutos. ¡Ya tenemos el ángulo que deben formar las agujas!
En principio, cualquier hora que mantuviese las manecillas con un ángulo de 120 grados de arco serviría, pero es mejor no utilizar aquellas en la aguja larga señala al 12, al 3, al 6 o al 9, pues aunque muchos diseños sustituyen los números por señales, es muy habitual que estos números se mantengan. Y, en tal caso, la aguja podría superponerse con el número o estar demasiado cerca, dando sensación de continuidad y amontonamiento. La eliminación de horas como las 11:15, las 15:45 y otras como estas, dará a la imagen una mayor claridad.
Llegados a este punto son pocas la horas que nos pueden servir: las 00:20, las 01:25, las 01:50, las 02:55, las 03:35, las 04:40, las 05:05, las 06:10, las 06:50, las 07:55, las 08:20, las 09:05, las 09:25, las 10:10 y las 11:40.
A continuación eliminamos aquellas que su lectura comporte un valor negativo, como en el caso de las 02:55 o “las tres menos cinco” o las 04:40 o “las cinco menos veinte”, porque es preferible, a nivel psicológico, un lenguaje más positivo como “las cinco y cinco” o “las seis y diez”, por ejemplo. Así nos quedan ocho posibilidades, de las que eliminamos las 01:25 y las 09:25, porque esos veinticinco minutos suponen que la aguja corta esté a medio camino entre la hora marcada y la siguiente, formando un ángulo menor que el buscado.
De las seis restantes mantenemos aquellas que permitan ver claramente la marca del reloj, que se suele colocar en la parte superior, por encima del centro del círculo. Estas horas son: las 06:10, las 08:20 y las 10:10.
La primera de ellas no nos sirve en el caso de que se ponga alguna indicación —como el modelo o tipo de reloj— en la esfera, ya que el lugar idóneo es en la parte inferior por debajo del centro del círculo. Así que quedan dos.
Si la esfera fuera un rostro, las agujas dibujarían una mueca de tristeza a las 08:20 y una sonrisa a las 10:10. No resulta difícil escoger.
Las 10:10, hora conocida como happy hour por aquello de la sonrisa, es la elegida por cuestiones fotogénicas. Y la costumbre se ha seguido para los relojes digitales sin importar el modelo, la procedencia o el precio. Aunque algunas marcas intentan dar un toque de originalidad o rebeldía cambiando la hora, pero solo se atreven a cambiarla un poquito como en el caso del Omega que señala las 10:08, o el Pulsar que señala las 10:09. Y aunque la hora no tenga esta justificación en los relojes digitales, se sigue la costumbre en algunos de sus anuncios.

Otra cosa más. Cuando hay segundero señala hacia los 25 o los 35 segundos, porque marcar los 30 —que sería la posición que dividiría el círculo en tres partes iguales— dejaría la imagen algo rígida y este pequeño desvío lateral rompe el dibujo puramente matemático.
Cosas de la costumbre…
Publicado originalmente el 30 de marzo de 2003
costumbre psicología publicidad tiempoCruzar los dedos
Existe una costumbre, con raíces supersticiosas, que consiste en cruzar los dedos índice y mayor de una o ambas manos por separado, para alejar la desgracia y atraer a la buena suerte.
Desde muy antiguo existió la creencia de que este gesto evitaba la mala suerte, quizás por la antigua convicción de que en la intersección de dos líneas o caminos quedaba atrapada la suerte y decidido el futuro, dependiendo de qué camino se tomara o de qué alternativa se eligiese y de la fortuna con que se contara en tal elección.
Esta conjura del mal fario entrecruzando los dedos arraigó fácilmente en el mundo cristiano, que vio en ello el símbolo de la cruz.
¿Quién no ha cruzado los dedos alguna que otra vez?
costumbre suerte supersticionesLos apellidos
Si solamente se usara el nombre de pila para identificar a un individuo nos encontraríamos con un grave problema, pues las confusiones serían continuas.
Por ello, en los reinos medievales hispánicos y a partir de los siglos XI y XII, se extendió el uso del apellido merced a la costumbre de añadir al nombre del hijo el del padre más el sufijo patronímico -ez, que venía a significar “hijo de”. Así López era hijo de Lope, Antúnez de Antón, Benítez de Benito y Ramírez de Ramiro, entre otros.
Pero esto no fue suficiente ni contando con las variantes en -iz propias de Aragón como Ruiz (hijo de Ruy) o Ferriz (hijo de Ferrán), por lo que se utilizaron espontáneamente otros métodos.
Probablemente uno de los recursos más antiguos haya sido el uso de un apodo o mote derivado a apellido, lo que no es difícil de entender si se comprueba que en las zonas rurales todavía está muy arraigada la costumbre de llamar a una persona mediante un apodo, y que éste se hereda con idéntico mecanismo que los segundos nombres o apellidos.
Así, apellidos como Gordo, Rojo, Tetas, Moreno, Guarro, Roig, Negro y otros, pudieron tener su origen en un mote alusivo a una característica personal que acabó identificando a los descendientes o a toda la familia.
Aparte del uso del apodo, también se utilizaron los lugares de procedencia o residencia, como en el caso de Navarro, Campos, Castillo, Prado, Sevillano, de la Fuente, Puig, Dehesa, Francés, Cabañero, Soriano; oficios o cargos, como en el caso de Zapatero, Fraile, Ferrer, Panadero, Monje, Carnicero, Conde, Obispo, Herrero; anécdotas relacionadas con el individuo, su familia o su nacimiento, como podría ser el caso de Segundo, Adelantado, Hermoso, Lechuga, Gandul, Prieto, del Pozo, Valiente, Guerrero, Carrillo, Barroso…
Procesos posteriores como errores ortográficos o tipográficos en los correspondientes registros como en el caso de Ribera/Rivera, Giménez/Jiménez o como la yuxtaposición de apellidos al no querer obviar la procedencia familiar como en el caso de Gil de Biedma o Sánchez-Osorio, acabaron por conformar la actual situación.
Claro que lo que aquí expuesto es tan solo una introducción muy general, una aproximación al interesante y complejo tema del origen de los apellidos.
apodos costumbre nombresHoras de 60 minutos
¿Sabías por qué tenemos HORAS DE 60 MINUTOS?
Sin olvidar los minutos de sesenta segundos, claro.
Esta tradición tiene su origen en la antigua Babilonia.
El mundo clásico adoptó —merced a la ocupación persa del territorio que anteriormente había pertenecido a Alejandro Magno— los estudios astronómicos del pueblo babilónico.
Utilizaban el sistema sexagesimal para sus complicados cálculos astronómicos y por ellos tenemos horas de sesenta minutos y minutos de sesenta segundos.
Las fracciones tales como la décima, la centésima y la milésima de segundo, son contemporáneas y obedecen al Sistema Métrico Decimal, que es el usado en la actualidad.
Babilonia costumbre tiempoTirar la casa por la ventana
¿Sabías por qué TIRAR LA CASA POR LA VENTANA significa derrochar, hacer más gastos de los necesarios?
Tiene su origen en una costumbre española surgida a finales del siglo XVIII y extendida a comienzos del XIX.
Esta costumbre consistía en que los agraciados con la lotería —instaurada en 1763 por orden del rey Carlos III— tiraban por la ventana todos los muebles y enseres viejos, como muestra de la alegría con la que se afrontaba la nueva vida llena de lujo y riqueza.
La costumbre se exportó al reino de Nápoles también bajo control de los borbones.
En la actualidad, existe una reminiscencia de esta costumbre en el sur de Italia, en donde en Nochevieja se arrojan todo tipo de enseres viejos como anuncio de bienestar para el nuevo año.
costumbre suerteDiada de Sant Jordi
El 23 de abril de cada año se celebra la “Diada de Sant Jordi”, día de la rosa y del libro.

Sant Jordi, patrón de Cataluña y Aragón, lo es además de Portugal, Génova, Inglaterra, Lituania, Grecia, Rusia, Georgia, Etiopía y otros lugares. Claro que allí lo conocen como Jorge (castellano), Gorka (euskera), Xurxo (gallego), Georges (francés), George (inglés), Georg (alemán), Giorgio (italiano), Georgos (griego) o Yuri (ruso). Como nombre proviene de gea y ergon, términos griegos que, unidos, significan “el que trabaja la tierra”.
El santo caballero de la Capadocia (antiguo país de Asia Menor ubicado en la actual Turquía), tribuno militar y consejero del emperador Diocleciano (284-305), se convirtió al cristianismo abandonando su carrera de soldado y repartiendo sus bienes entre los pobres. Por no abandonar sus creencias religiosas fue martirizado y decapitado en el año 303, llegando a ser uno de los más célebres mártires.
Son numerosas las leyendas sobre el personaje del que pocos datos reales se conocen. De culto mucho más antiguo en Oriente, fue durante la Edad Media cuando fue muy venerado en Occidente y gozó de popularidad entre la gente de armas precisamente por el hecho de haber sido caballero.
No solamente se le rendía culto religioso, incluso se instituyeron órdenes de caballería bajo su advocación. Estas órdenes tomaron parte en las cruzadas en numerosas ocasiones, lo que favoreció un intercambio cultural y el hecho de que muchas leyendas de origen oriental se adaptaran a la realidad cristiana occidental. El fin principal de estas historias era la exaltación del cristianismo por encima de todo, por lo que la Iglesia fue permisiva y no tuvo en cuenta la veracidad de tales historias.
Según el Costumari català de Joan Amades, llegaron a escogerle como patrón de la caballería y de la nobleza catalana por la ayuda que prestó al rey Pere I en al año 1094, quien ganó una batalla contra los sarracenos tras invocar al santo. Otra leyenda narra que el Conde de Barcelona, Borrell II, recobró la capital con tan solo nueve hombres que acudieron a su llamada a las montañas de Manresa y la ayuda del santo que, entre jirones de nubes, cabalgando un caballo blanco y blandiendo un relámpago por espada, los guió en la lucha.

Un feroz dragón exigía a los habitantes del pueblo de Montblanc que le proporcionasen alimento a diario. Como no tenía suficiente con los animales que le ofrecían y quería comer más, la gente del pueblo se vio obligada a realizar un sorteo diario entre los habitantes para elegir una víctima para el sacrificio. Un día le tocó a la princesa, pero justo cuando el dragón estaba a punto de devorarla en la puerta de su cueva, apareció un caballero desconocido llamado Jordi que luchó con el feroz dragón y le dio muerte. De la sangre vertida por el dragón brotó un rosal de rosas rojas y el caballero le regaló una a la princesa como prueba de amor.
El 23 de abril no sólo se veneraba al santo en el altar, también se realizaban fiestas profanas, como las justas caballerescas y torneos que el estamento militar de la nobleza catalana organizaban en la plaça del Born de Barcelona y en las que las damas eran obsequiadas con una rosa por su caballero.
Aunque fue una costumbre elitista en un principio, se trasladó al resto de la sociedad con el paso de los años gracias a la barcelonesa Fira dels enamorats (Feria de los enamorados) en el siglo XV, cuando se repartían rosas entre todas las señoritas que asistían a la función religiosa celebrada en el Palau de la Generalitat.
El simbolismo de la rosa roja es la pasión, la espiga de trigo la fecundidad, y la senyera (bandera catalana) el patronazgo del santo.
Mucho más tarde, el escritor y editor valenciano afincado en Barcelona, Vicente Clavel Andrés, vicepresidente de la Cámara Oficial del Libro de Barcelona, propuso al gobierno central la idea de la celebración de una fiesta del libro para animar la lectura. El 6 de febrero de 1926, el gobierno español presidido por Miguel Primo de Rivera lo acepta y el rey Alfonso XIII firma el Real Decreto que instituye la “Fiesta del Libro Español” para el día 7 de octubre en conmemoración del nacimiento de Miguel de Cervantes (bautizado el 9 de octubre de 1547 como consta en su acta bautismal), aunque el año 1930 se trasladó al 23 de abril, día de su muerte.
En un 23 de abril, además de Cervantes (7/10/1547-23/4/1616) también murieron escritores como Josep Pla (8/3/1897-23/4/1981) y William Shakespeare (26/4/1564-23/4/1616).
En el año 1995, la Unesco instituye el 23 de abril como “Día Mundial del Libro y de los Derechos de Autor”.
Así, el 23 de abril y en celebración de la tradición, el enamorado le regala una rosa a su enamorada y ella le regala un libro a él. Aunque en los últimos años y en busca de una mayor beneficio económico, se pretende que sea el día de la expresión del sentimiento amoroso (ya que el 14 de febrero y San Valentín tienen un arraigo más universal); así se regalan rosas no sólo a la pareja sino a quien se quiere en un sentido más amplio (madres, hijas…) y a quien se aprecia (amigas, compañeras de trabajo…) y se regalan libros no solo a él sino también a ella. Y se ha exportado la tradición a otros países. Cosas de la globalización.
amor costumbre cultura dragón jordi leyenda libro rosaAño bisiesto
El año bisiesto tiene 366 días. Este día extra se añade al final del mes de febrero, por lo que este mes pasa a tener 29 días.
Este añadido se realiza para regularizar el desfase existente entre el año solar (el tiempo que tarda la Tierra en orbitar alrededor del Sol es de 365 días y 6 horas) y el año cronológico de 365 días. Así, cada cuatro años se reúnen las horas suficientes para formar el día suplementario.
Hasta aquí se ha comentado aquello que comúnmente se sabe. Pero, ¿desde cuándo tenemos años bisiestos? ¿por qué el día extra se añade a febrero y no a otro mes? Y, aún más, ¿de dónde proviene el término bisiesto?
El año bisiesto fue una innovación del calendario juliano elaborado por el astrónomo griego Sosígenes de Alejandría por encargo de Julio César, que lo difundió por todo el Imperio Romano en el año 46 a.C. Este calendario estaba basado en el calendario egipcio y toma como inicio del año el 1 de enero en lugar del 1 de marzo como se hacía anteriormente, cuando se ligaba el inicio del año con el “inicio” del ciclo de vida que supone la primavera.
El día extra se añadió al mes de febrero no solamente por ser el más corto, sino por ser el último del año. Julio César decretó que el 23 de febrero, día de Terminalia, tuviese 48 horas cada cuatro años. Comoquiera que los romanos nombraban los días de los meses en referencia a las calendas (primer día de cada mes) y los idus (día 15 de marzo, mayo, julio y octubre, y 13 de los demás meses), el día suplementario se conoció como bis-sextus dies ante calendas martii (repite el sexto día antes del primero de marzo). El nombre es demasiado largo, pero lo de bis-sextus derivó a bisiesto.
Posteriormente, el calendario gregoriano, introducido por el Papa Gregorio XIII en el año 1582, modificó la periodicidad de los años bisiestos para regularizar el desajuste acumulado desde la implantación del calendario juliano, para lo que dispuso 97 años bisiestos cada 400 años. Ocurre que la duración del año solar es exactamente de 365 días, 6 horas, 13 minutos y 59 segundos, así que, con el calendario juliano resultaba un año civil de 365,25 días y, por lo tanto, sólo 0,0078 días más largo que el año solar verdadero.
La modificación introducida en la regla de los bisiestos, y que redujo la diferencia a 0,0003 de día, fue seguir considerando bisiestos los años múltiplos de cuatro excepto el último de cada siglo cuyas centenas no sean múltiplo de cuatro. Así que el año 2000 lo fue, pero no lo será el 2100. La regla gregoriana de los años bisiestos se podría enunciar como sigue: “Un año es bisiesto si es divisible por 4, a menos que sea divisible por 100 y no por 400″.
Es el calendario gregoriano es el utilizado en la actualidad por las naciones cristianas, a excepción de las que siguen el cisma griego que utilizan el calendario juliano, al igual que las naciones musulmanas.
Todo este asunto de los diferentes calendarios ha forzado algunas situaciones curiosas:
El calendario juliano que entró en vigor el 1 de enero del 45 a.C. supuso que el año 46 a.C., conocido como “el año de la confusión”, tuviera 15 meses. Concretamente se le añadieron 85 días, distribuidos en dos meses entre noviembre y diciembre (uno de 33 días y otro de 34 días) y otro mes intercalado en el mes de febrero. Con ello consiguieron que el calendario se correspondiera con las estaciones, cosa que ya no ocurría merced al desfase.
Para que la fiesta de Pascua coincidiera con la llegada de la primavera, el calendario gregoriano restó 10 días al año 1582, de tal manera que a al 4 de octubre no le siguió el 5 de octubre, si no el día 15 de octubre. Así, en el año 1583, el equinoccio vernal tuvo lugar el 21 de marzo.
El calendario gregoriano no se adoptó en Gran Bretaña hasta 1752, en Rusia hasta 1918 y en Turquía hasta 1927.
cálculo costumbre historia Roma tiempoEstar chapado a la antigua
¿Sabías por qué ESTAR CHAPADO A LA ANTIGUA es presentar comportamientos considerados anticuados?
El verbo chapar significa recubrir algo con chapa ajustando su forma.
Así, con esta expresión se indica que el molde que una persona presenta es el que se llevaba en tiempos anteriores. Y sin posibilidad de evolución, pues ya no se le ajustaría la chapa que, como un corsé, marca su comportamiento.
costumbre tiempoQuedarse para vestir santos
¿Sabías por qué QUEDARSE PARA VESTIR SANTOS es sinónimo de quedarse una mujer soltera?
La frase en cuestión se aplica a las mujeres que se quedan solteras y, en general, a las personas que cesan en una ocupación y no tienen nada que hacer.
Ocurre que, antiguamente, las mozas casaderas que no encontraban marido, acababan limitando su vida social a la asistencia a misa y a los oficios eclesiásticos.
A veces se encargaban de limpiar la iglesia, de los arreglos florales o de las velas.
Otras de sus ocupaciones era la de arreglar o vestir los pasos de la Semana Santa y los santos de las romerías.
Y es en esta última ocupación en la que encontramos el origen de la locución.
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