Réplicas de las carabelas de Cristobal Colón

¿Sabías el origen del nombre de LAS CARABELAS DE COLÓN?

Fueron la Niña, la Pinta y la Santa María.

La Niña fue construida en los antiguos astilleros del puerto de la Ribera de Moguer. En su botadura sobre el río Tinto, la nave recibió el nombre de Santa Clara en honor al monasterio del mismo nombre existente en la localidad, aunque pasaría a la posteridad con el nombre de sus propietarios, los hermanos Niño. 

La Pinta fue construida en los astilleros de Palos pocos años antes del primer viaje. Su nombre hizo pensar a algunos historiadores que pertenecía a la familia Pinto, pero en realidad fue alquilada a los armadores Gómez Rascón y Cristóbal Quintero. Se cree que probablemente su verdadero nombre fuera La Pintá.

La Santa María —que no era una carabela como las otras dos naves, sino una nao— fue llamada originalmente La Gallega, probablemente porque se construyó en Galicia, pero los marineros la llamaban Marigalante. También era usuasl que se refiriesen a ella como la Capitana o La Nao.

Existe una teoría que dice que fue construida en los Astilleros Reales de Falgote en la localidad de Colindres en Cantabria. Y existe otra que afirma que fue contruida por los carpinteros de ribera del Puerto de Santa María, de donde procedería el nombre.

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Lenguas indias

13Ago07

Windtalkers

Sabido es que en la Segunda Guerra Mundial, el cuerpo de marines de los U.S.A. desplazado al área del Pacífico utilizó el idioma de los indios navajos para cifrar sus mensajes. Y es de conocimiento general gracias a la película Windtalkers protagonizada por Nicolas Cage según se ve en la imagen promocional.

El idioma navajo es, en opinión de los lingüistas, uno de los más crípticos del mundo y contaba con la ventaja de ser conocido por poca gente aparte de los 50000 supervivientes de esa tribu: tan solo 28 personas en todo el mundo y ninguna viviendo en un país de Eje.

En un principio se asignaron 30 soldados navajos a misiones de comunicaciones, aunque el número aumentó hasta los 420.

Pero no era la primera vez que los norteamericanos usaban este truco. En la fase final de la Primera Guerra mundial, en 1918, el mando del Cuerpo de Comunicaciones de su ejército comprobó que la mayoría de sus mensajes cifrados eran interceptados y descifrados por el enemigo.

El capitán E. W. Horner propuso utilizar el idioma de los indios choctaw como clave. Una vez aprobada la idea por el mando, localizó en sus filas 8 indios conocedores de tal lengua y los asignó a la comañía D del 141º Regimiento de infantería, donde actuaron con gran éxito.

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Año bisiesto

06Feb05

El año bisiesto tiene 366 días. Este día extra se añade al final del mes de febrero, por lo que este mes pasa a tener 29 días.

Este añadido se realiza para regularizar el desfase existente entre el año solar (el tiempo que tarda la Tierra en orbitar alrededor del Sol es de 365 días y 6 horas) y el año cronológico de 365 días. Así, cada cuatro años se reúnen las horas suficientes para formar el día suplementario.

Hasta aquí se ha comentado aquello que comúnmente se sabe. Pero, ¿desde cuándo tenemos años bisiestos? ¿por qué el día extra se añade a febrero y no a otro mes? Y, aún más, ¿de dónde proviene el término bisiesto?

El año bisiesto fue una innovación del calendario juliano elaborado por el astrónomo griego Sosígenes de Alejandría por encargo de Julio César, que lo difundió por todo el Imperio Romano en el año 46 a.C. Este calendario estaba basado en el calendario egipcio y toma como inicio del año el 1 de enero en lugar del 1 de marzo como se hacía anteriormente, cuando se ligaba el inicio del año con el “inicio” del ciclo de vida que supone la primavera.

El día extra se añadió al mes de febrero no solamente por ser el más corto, sino por ser el último del año. Julio César decretó que el 23 de febrero, día de Terminalia, tuviese 48 horas cada cuatro años. Comoquiera que los romanos nombraban los días de los meses en referencia a las calendas (primer día de cada mes) y los idus (día 15 de marzo, mayo, julio y octubre, y 13 de los demás meses), el día suplementario se conoció como bis-sextus dies ante calendas martii (repite el sexto día antes del primero de marzo). El nombre es demasiado largo, pero lo de bis-sextus derivó a bisiesto.

Posteriormente, el calendario gregoriano, introducido por el Papa Gregorio XIII en el año 1582, modificó la periodicidad de los años bisiestos para regularizar el desajuste acumulado desde la implantación del calendario juliano, para lo que dispuso 97 años bisiestos cada 400 años. Ocurre que la duración del año solar es exactamente de 365 días, 6 horas, 13 minutos y 59 segundos, así que, con el calendario juliano resultaba un año civil de 365,25 días y, por lo tanto, sólo 0,0078 días más largo que el año solar verdadero.

La modificación introducida en la regla de los bisiestos, y que redujo la diferencia a 0,0003 de día, fue seguir considerando bisiestos los años múltiplos de cuatro excepto el último de cada siglo cuyas centenas no sean múltiplo de cuatro. Así que el año 2000 lo fue, pero no lo será el 2100. La regla gregoriana de los años bisiestos se podría enunciar como sigue: “Un año es bisiesto si es divisible por 4, a menos que sea divisible por 100 y no por 400″.

Es el calendario gregoriano es el utilizado en la actualidad por las naciones cristianas, a excepción de las que siguen el cisma griego que utilizan el calendario juliano, al igual que las naciones musulmanas.

Todo este asunto de los diferentes calendarios ha forzado algunas situaciones curiosas:

El calendario juliano que entró en vigor el 1 de enero del 45 a.C. supuso que el año 46 a.C., conocido como “el año de la confusión”, tuviera 15 meses. Concretamente se le añadieron 85 días, distribuidos en dos meses entre noviembre y diciembre (uno de 33 días y otro de 34 días) y otro mes intercalado en el mes de febrero. Con ello consiguieron que el calendario se correspondiera con las estaciones, cosa que ya no ocurría merced al desfase.

Para que la fiesta de Pascua coincidiera con la llegada de la primavera, el calendario gregoriano restó 10 días al año 1582, de tal manera que a al 4 de octubre no le siguió el 5 de octubre, si no el día 15 de octubre. Así, en el año 1583, el equinoccio vernal tuvo lugar el 21 de marzo.

El calendario gregoriano no se adoptó en Gran Bretaña hasta 1752, en Rusia hasta 1918 y en Turquía hasta 1927.

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Derecho indiano

Colaboración de Fernando de Trazegnies

Los historiadores hablan de un Derecho Indiano, que es el Derecho de América española, mezcla de Derecho castellano (adaptado a las nuevas realidades) con elementos sociales indígenas, a lo que se agrega influencias de distintos orígenes, incluyendo ciertamente las construcciones jurídicas propias de estas nuevas tierras. Pero también es posible hablar de un idioma español indiano que, sobre la matriz española, recoge palabras y formas expresivas de diversas procedencias, reconstruye unas e inventa otras, dando lugar a una lengua con personalidad propia.

No podemos en estas breves líneas dar una idea plena de la complejidad cultural de esta lengua de las Indias Occidentales. Pero algunos ejemplos nos permiten atisbar en la riqueza, variedad e ingenio de este idioma americano e incluso mostrar las vicisitudes muchas veces extraordinarias que atraviesan las palabras para asentarse en un nuevo medio cultural.

En primer lugar, nos encontramos con construcciones gramaticales aparen­temente exóticas y que, sin embargo, se enraízan en la lengua clásica. Como es sabido, en Argentina y Uruguay se utiliza la forma de “vos” como parte del habla cotidiana. Pero es menos conocido que también ella predomina en ciertos países de América Central y que en otros países americanos el “voseo” coexiste con el tuteo. En realidad, se trata de un arcaísmo readaptado. No es otra cosa que la antigua forma ceremonial de dirigirse a una persona de dignidad (“Vos habéis dicho que…”), la que ha pasado a ser en América actual más bien una forma de trato íntimo. En algunos países donde se la emplea, este cambio ha conllevado también una simplificación del verbo correspondiente. Así en Argentina se escuchará “Vos tomás” por “Vos tomáis” o “Vos podés” por “Vos podéis”, etc. Esta simplificación va acompañada de otra en el modo imperativo: frente al tuteo “¡Toma esto!”, se mantiene el imperativo del “voseo”, “¡Tomad esto!”; pero la vulgarización lleva a suprimir la “d” final, con lo que queda convertido en “¡Tomá esto!”. Es así como podemos escuchar “¡Bebé!” por “¡Bebed!” (simplemente “¡Bebe!” en el resto de América española) o “¡Vení!” por “¡Venid!”, etc.

Otra fuente de transformaciones y adquisiciones la encontramos en los idiomas indígenas. Hay una enorme cantidad de palabras recogidas por el español (en América hablamos generalmente del “castellano”) de las lenguas autóctonas. Algunas han permanecido como expresiones locales, tales como “calato” (desnudo, en Perú y Chile, proveniente del quechua), “chirisiqui” (literalmente “trasero frío”, proveniente del quechua, lo que significa desnudo en Ecuador), “huahua” (por nene, en Chile, proveniente del quechua), “cuate” (amigo, en México, proveniente del nahuatl), “poto” (trasero, en el Perú, proveniente del mochica). Otras palabras han tenido difusión por casi toda América española e incluso portuguesa, como “chacra” (granja o alquería, proveniente del quechua) o también “patata” o “papa” (del quechua) o “choclo” (maíz tierno, en Sudamérica, del quechua). Y hay algunas que han pasado a ser universales, pues han saltado incluso a otros idiomas, como “chocolate” (del nahuatl) o “maíz” (del taíno), “tomate” (el nahuatl), etc.

En otros casos, las palabras americanas son vocablos antiguos que no han sido sustituidos por equivalentes modernos, como sucedió en España. Este es el caso de “fierro” que se emplea todavía generalmente o de verbos como “apurar” (o “apurarse”) que todavía se usa comúnmente con el sentido de apremiar o de dar prisa o palabras como “caño” por surtidor de agua que no ha sido actualizada en “grifo” como corresponde a las modernas fuentes de agua en forma ganchuda, es decir, que se asemejan a un pico de loro o de grifo. Es interesante que la introducción de la palabra “grifo” sólo se ha producido en el caso del surtidor de gasolina, que por eso se conoce (cuando menos en el Perú) como tal y no como gasolinera. La utilización de estas palabras antiguas o con sentidos antiguos puede ser muy desconcertante desde el punto de vista del español que actualmente se habla en España. Por ejemplo, son absolutamente usuales frases como “¡Apúrate! No seas demorón” por “¡Date prisa! No seas tardón”; o también “Hay que llamar al gasfitero porque el caño de la tina se ha malogrado” por “Hay que llamar al fontanero porque el grifo de la bañera se ha estropeado”.

En la última frase citada, la palabra “gasfitero” (muy usada en el Perú) muestra otro procedimiento de adquisición de voces con una explicación sociológica interesante. A fines del S. XIX, la iluminación a gas de la ciudad de Lima había sido entregada en contrata a una compañía inglesa. Esta, a los obreros peruanos encargados del mantenimiento de las cañerías, los llamaba “gas-fitters”. Pronto fueron conocidos como “gasfiteros”. Pero cuando la electricidad desplazó al gas, la mayor parte de estas personas que quedaron desocupadas pasaron a convertirse en artesanos independientes, que arreglaban las tuberías de agua y desagüe de las casas. Y así, los fontaneros se quedaron con el nombre de gasfiteros hasta el día de hoy; aún cuando, dado que estas tuberías eran de plomo, se les llama también “plomeros”.

Una evolución semejante dio como resultado la palabra “huachimán” o “guachimán” para indicar el vigilante privado, el hombre de seguridad que se contrata directamente. Dado que muchas de las compañías mineras y otras eran americanas, éstas llamaban al vigilante: “watch-man”. El peso de las sonoridades populares indígenas transformó esta palabra inglesa en la que ahora se conoce y que, sin duda, mucha gente no informada cree que proviene del quechua.

Los tercios de Flandes se encargaron de aportar algunas nuevas palabras al español indiano que, sin embargo, no arraigaron en la Península. Estos soldados, en contacto con la lengua germánica en los Países Bajos, se apropiaron de algunos vocablos de la región, los que fueron incorporados al lenguaje militar. Es así como de la raíz del Alto Alemán Antiguo whata que significaba ‘ver’, se derivó la palabra del Antiguo Francés waitier, observar, ver, cumplir el papel de vigía. Nótese que de esa misma raíz derivan también dos palabras inglesas, watch, ‘observar’, y wait, ‘esperar’, así como await que significa ‘estar en un sitio aguardando con expectación’; todo lo cual tiene referencia con la labor de vigía militar a la que estaban acostumbrados los tercios. No es de extrañar que castellanizaran la expresión vinculando “aguardar” con waitier. Lo que dio como resultado “aguaitar”. Estos mismos soldados fueron más tarde enviados a América donde llegaron con su nuevo vocabulario militar germánico que pronto se vulgarizó y se civilizó. De esta manera, sin que en España haya echado raíces (quizá salvo en Cataluña), “aguaitar” se convirtió hasta nuestros días en una de las palabras más comunes del español indiano, con el significado de atisbar, ver a través de una ventana o de una puerta: “Hija, aguaita si ya llegaron los invitados”, “A ver, aguaita si el que está tocando la puerta es Juan”, “Aquí tienes los prismáticos: aguaita a las bañistas en la playa que están guapísimas”.

Un solo ejemplo más que puede interesar a los aficionados a la gastronomía. Hay palabras que España repartió en distintos escenarios y que tomaron significados emparentados pero diferentes en cada medio cultural. Una de ellas es “escabeche”, que viene del árabe sakbay y que originalmente significó un guiso de carne con vinagre. Más tarde se comprobó que esta preparación permitía conservar muy bien el pescado y se la empleó con ese propósito utilitario. Los tercios la llevaron a Flandes, donde tuvo un gran éxito y dio origen a la palabra scavech del dialecto valón: el actual obrero del sur de Bélgica es todavía muy aficionado a este plato que forma parte de su dieta habitual y que incluso lleva a la fábrica para comerlo durante el descanso de mediodía. Obviamente, el escabeche llegó también a Indias. En la costa peruana, donde hay pescado en gran cantidad, el escabeche se transformó en un plato exquisito que se prepara no para conservar el pescado (lo que no es necesario debido a su abundancia) sino para agasajar a la familia en la reunión del domingo o como plato de fondo en un simpático almuerzo de playa. Se utiliza filetes de pescado fino, muy blanco, que se remojan en leche con ajos, luego se apanan y se fríen en la sartén; y todo ello se sirve frío, en grandes fuentes, con una salsa con mucha cebolla roja y ají en tiras, acompañado de camote sancochado.

El llamado en América “castellano” —y que podemos calificar como “español indiano”— puede representar un fascinante estudio de caso sobre la evolución de las lenguas.

Publicado originalmente el 27 de abril de 2003

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Las monedas

04Sep04

Monedas

Viene de antiguo la utilización de porciones de metales, generalmente preciosos, como unidad de intercambio para las transacciones económicas.

Estas piezas —llamadas monedas porque las primeras de ellas fueron acuñadas en plata junto al templo de Juno Moneta— eran, en general, de forma circular, pero también las había de otras formas como las rectangulares que no disimulaban su procedencia de un lingote mayor. Algunas monedas actuales, como es el caso del rublo o la piastra, recuerdan con su nombre tal origen (rubl es ‘cortar’ en ruso y piastra es ‘placa o lámina de metal’, en italiano),

Para dotar a estas monedas de la suficiente confianza y garantía fue necesario que los poderes políticos las respaldasen. Por ello se representaba en sus acuñaciones símbolos imperiales y las efigies de sus más altos mandatarios y era mayor el poder y el alcance de la moneda cuanto más poderoso era el estado emisor. Y se intervenía cada vez más en el proceso de fabricación: atestiguando el valor de una moneda ya acuñada con la inclusión de un sello o marca real (de tal origen dan testimonio los nombres del actual marco alemán o el marco finlandés), estableciendo la obligatoriedad de una determinada forma (como ejemplo citar las estrías o filigranas en el canto de las monedas con lo que se pretendía evitar la pérdida de valor por la pérdida de metal precioso) o acuñando directamente el propio estado asegurando un peso justo de metal (siendo muy numerosas las monedas actuales que hacen referencia a tal hecho, como el peso mejicano) y plasmando en ellas los símbolos estatales (de ello dan fe los nombres actuales de la corona sueca, la corona checa, el florín holandés y el escudo portugués entre otras).

Haciendo referencia a nuestra historia, nos encontramos con la primera moneda del reino unificado de España emitida por Fernando de Aragón e Isabel de Castilla, los Reyes Católicos, a la que llamaron real. Fue emitida en 1947 con la clara función de servir de referencia a la mayor expansión económica, política y cultural de la época y se acuñó en monedas de uno, dos, cuatro y ocho reales, en versiones de plata y oro (la moneda de ocho reales de plata fue conocida como peso duro y la de oro como peso fuerte) También se emitió el real de a ocho en plata y en oro (también conocido como excelente o como ducado) y otras monedas de vellón y menor valor como la blanca.

Frases como Estar sin blanca, No tener un real o, más recientemente, No tener ni un duro para decir que no se tiene dinero, o No valer un real para certificar un escaso valor, tienen su origen en estas monedas.

El real se expandió por el norte de África y el Medio Oriente (observemos el origen del nombre del riyal de Arabia Saudita o el rial de Yemen), junto con el peso fuerte por América (nótese al respecto que peso designa a la moneda de varios países sudamericanos donde el real se utilizó antaño como fraccionaria del peso, llegándose incluso a llamar familiarmente real a la moneda de diez centavos en alguno de ellos) y como no, también se expandió por toda Europa.

El caso europeo merece especial atención. La primera acuñación de ambas monedas en el exterior fue obra del conde Schlick, gobernador del valle de Joachim Stahl en la región de Bohemia (actual república checa) en 1516. Copiando el molde de la española acuñó una moneda de plata a la que llamó “joachimsthalergulden”, nombre excesivamente largo que derivó en “joachims thaler” y definitivamente en thaler (tálero, en castellano) que se extendió por toda Europa y que fue adaptada al germánico como dólar.

Cuando en 1776 los habitantes de las trece colonias británicas de América del Norte se declaraban independientes y creaban los Estados Unidos de Norteamérica, necesitaban una moneda propia alejada de la británica y escogieron como nombre el dólar, basado en el peso fuerte de ocho reales.

Pero no todo queda en el nombre, también hay que hablar de la imagen. Según la mitología clásica, Hércules había escrito la leyenda Non Plus Ultra (no más allá, en latín) en las columnas que señalaban el fin del mundo en el extremo occidental de mar Mediterráneo. Tales construcciones se asentaban en Gibraltar y Ceuta a ambos lados del estrecho. Los Reyes Católicos, orgullosos de la hazaña de su pueblo descubriendo continentes y ampliando las fronteras, hicieron representar en el anverso del real las columnas de Hércules y una cinta de trazos curvos con la inscripción Plus Ultra (más allá, en latín). La simplificación de los trazos dio lugar al signo $ que representa al dólar y al peso y que en la últimas décadas se ha simplificado al eliminar una de las líneas rectas.

Con el paso de los años el bimetalismo (sistema monetario basado en el oro y la plata) vigente hasta finales del siglo XIX en las economías occidentales, dejó paso al unimetalismo o patrón oro que fue, a su vez, abandonado por los países durante la primera mitad del siglo XX desapareciendo al iniciarse la 2ª Guerra Mundial, lo que dejó paso a metales y aleaciones de valor mucho menor pero con la garantía política o estatal, estando en consonancia con el tipo de valor que ostenta un billete de curso legal.

En 1869, siendo ministro de Hacienda el catalán Laureano Figuerola se instauró la peseta (acuñada por primera vez en Barcelona por orden del rey José I Bonaparte en 1808) como moneda nacional con un valor de cuatro reales o cien céntimos, se redefinió el peso duro como veinte reales y el doblón como cien reales. Al año siguiente se acuñaron monedas de cinco y diez céntimos para hacer desaparecer las que estaban en circulación con la efigie de la destronada reina Isabel II. En estas monedas figuraba en el anverso una representación simbólica de España (una mujer sentada con una corona almenada) y en el reveso un león rampante sosteniendo el escudo del país) Debido a un defectuoso diseño o a una mala acuñación, el león más parecía perro y el pueblo llano empezó a llamarles perras (gorda y chica).

Para ti la perra gorda al desistir en una discusión o No valer una gorda por escaso valor, tienen su origen en este mote.

Muchas han sido las monedas de los diferentes reinos de la península y del reino de España: maravedí, doblón (en el siglo XVIII equivalía a unos 80 reales), blanca (moneda de vellón de diferente valor según la época), sueldo (como moneda de cuenta en los siglos XI y XII) y el denario (o dinero) creado a similitud de dinar de los almohades utilizado en la españa musulmana, el denario gros o gros acuñado por Jaime I en Cataluña, el croat de Pedro III que se caracterizaba por una gran cruz (mostrando cara o cruz) y tantas otras…

En la actualidad muchas monedas europeas actuales van a desaparecer para ser sustituidas por el euro. El origen del término está muy claro y poco hay que investigar. Quizás en el futuro alguien indague en la historia y descubra que el nombre de la moneda derivaba del de un continente llamado Europa. Y quizás lo encuentre tan curioso como ahora nosotros encontramos los términos de hace unos siglos.

Publicado originalmente el 9 de enero de 2000

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