
Un eufemismo es una palabra o frase que expresa con suavidad o decoro ideas cuya franca expresión se considera malsonante.
Pero, en ocasiones, por un desmesurado afán por ser políticamente correcto, se aplican eufemismos sobre palabras no malsonantes, en un intento de edulcorar el mensaje. Es decir, se sustituyen términos de lo más normal por otros de significado más, digamos suave. Y el problema de esto es aplicar términos que no tienen el mismo significado, montar intrincadas locuciones o acabar pareciendo un cursi. ¿Por qué no llamar a las cosas por su nombre?
Por ejemplo, últimamente se está poniendo de moda llamar a las mentiras o falsedades como cosas inciertas. Tras una afirmación podemos oir: “Eso es incierto, señor”. Aunque se levante algo la voz, aunque el tono empleado sea de indignación, la frase no suena tan fuerte como si decimos “eso es falso” o “eso es mentira”, quizá porque la segunda y tercera acepción del término suavizan el significado.
incierto
1. adj. No cierto o no verdadero.
2. adj. Inconstante, no seguro, no fijo.
3. adj .Desconocido, no sabido, ignorado.
Otro ejemplo. Echar a tierra un edificio ha sido siempre un derribo. Y las empresas dedicadas a tal fin se han llamado Derribos tal o Derribos cual. Bien, pues ahora proliferan las empresas de deconstrucciones y lo que ellas realizan no son derribos, sino deconstrucciones. Parece que eso de derribar sea algo feo. Constructivo —si se me permite el chiste— no es, pero tampoco es nada malo como para ocultarlo.
En el DRAE se lee:
deconstrucción
Deshacer analíticamente los elementos que constituyen una estructura conceptual.
Claro que se puede argumentar que si el derribo es selectivo, o se hace por partes, o se conserva alguna estructura, o si se recicla algún material es una deconstrucción, pero en muchos casos se trata de un par de bolazos con la grúa y punto.
Otro ejemplo. Una pareja se separa, pero como es de renombre y eso podría quedar feo, se dice que de mutuo acuerdo han convenido el cese temporal de su convivencia. Juntos, lo que se dice juntos no están, pero nadie ha dicho que se hayan separado.
Y otra más reciente, que se está oyendo a todas horas. ¿Crisis económica? Quia. Lo que estamos comenzando a padecer no es una crisis económica, que suena muy feo, es una desaceleración económica. Que hemos perdido pistonada, vaya, Y las cifras crecen mucho menos que antes e incluso algunas están retrocediendo.
Ahora, cuando las cosas se pongan peor y lo de desaceleración no cuele, propongo el término aceleración negativa.
Lo pasaremos igual de mal, pero seremos mucho más políticamente correctos.
políticamente correctoUn eufemismo es una palabra o frase que expresa con suavidad o decoro ideas cuya franca expresión se considera malsonante.
El lenguaje políticamente correcto es una extensión del eufemismo. Se trata de un “invento” de finales del siglo XX y es una retórica plagada de eufemismos, que pretende no ser ofensiva con nadie, ya sea persona o entidad. Su principal característica es la no discriminación de sexos y razas, ya sea en cuanto a las palabras como en cuanto a las actitudes.
A continuación un cuento clásico, pasado bajo el tamiz del eufemismo, encontrado hace tiempo en Internet sin indicación de su autor.
EL TRAJE NUEVO DEL EMPERADOR
Érase una vez que un sastre ambulante se encontró un buen día en un país extranjero. Actualmente los sastres que van de un lugar a otro no se hacen notar y procuran no traspasar los límites de las normas locales de la decencia. Pero aquél sastre era tan sociable como deficiente en decoro y pronto se encontró en la taberna del pueblo, abusando del alcohol, invadiendo el espacio personal de las camareras y explicando historias llenas de prejuicios sobre recogedores de cartones, limpiaparabrisas y otros trabajadores y trabajadoras no especializados y no especializadas.
El compañero hostelero se quejó a la policía, que vino, detuvo al sastre y lo condujo a presencia del emperador. Como era de suponer, toda una vida creyendo en la legitimidad absoluta de la monarquía y en la inherente superioridad de las personas masculinas había convertido al emperador en un tirano presumido y con una evidente discapacidad cultural. El sastre se apercibió de estas características y decidió sacarles provecho.
El emperador le dijo: ¿Hay algo que quieras pedir antes de que te expulse por siempre jamás de mi reino? El sastre contestó: Quisiera solamente que Su Majestad me concediera el honor de diseñarle un nuevo vestuario real. Tengo una tela especial, tan especial y delicada que sólo la pueden ver ciertas personas, del tipo de personas que os gustaría tener en vuestro reino: personas políticamente correctas, moralmente virtuosas, intelectualmente astutas, culturalmente tolerantes y que no fumen, ni beban, ni les hagan gracia los chistes sexistas, mi vean mucho la tele, ni escuchen música country, ni hagan pic-nic.
Después de pensarlo un momento, el emperador le concedió el deseo. Le halagó la idea fascista y/o testosterónica de que el imperio y sus habitantes existían solamente para que él se pudiese lucir.
Evidentemente, aquella supuesta tela tan excepcional no existía. Tras varios años viviendo fuera de la sociedad normal, el sastre había desarrollado un código moral propio, que en este caso le obligaba a estafar y avergonzar al emperador en nombre de todos y todas los y las artesanos y artesanas independientes. Así pues, trabajando con diligencia, consiguió hacer creer al emperador que cortaba y cosía piezas de ropa que, en el más estricto sentido objetivo de la realidad (y sin ánimo ni intención de menospreciarlas), no existían.
Cuando el sastre anunció que ya tenía lista la indumentaria, el emperador se contempló en el espejo con los mantos nuevos. De pie, desnudo como el día en que nació, todos y todas podían observar cómo todos aquellos años explotando sin piedad al campesinado le habían transformado el cuerpo en una desagradable masa de carne fofa y blancuzca.
Evidentemente, el emperador se veía desnudo, pero hacía como si viese los mantos preciosos y políticamente correctos. Para lucir su nuevo esplendor, ordenó un desfile para el día siguiente.
A la mañana siguiente los súbditos se apiñaban en las calles para ver el gran desfile. Se había corrido la voz que el nuevo traje del emperador sólo lo podían ver las personas sin prejuicios que llevasen una vida sana, y todos y todas habían decidido ser más correctos o correctas que el vecino o la vecina.
El desfile empezó con gran pompa. El emperador paseaba calle abajo su cuerpo pálido, embutido y patriarcal, y todos y todas hacían grandes “¡oh!” y “¡ah!” delante del traje nuevo. Todos y todas excepto un niño que gritó: ¡El emperador está desnudo!
El desfile se detuvo. El emperador se detuvo. La multitud quedó en silencio, helada, hasta que un campesino rápido de reflejos gritó: ¡No! No está desnudo. Simplemente el emperador apoya un estilo de vida con opción a vestirse o no.
Del gentío surgió un “¡bravo!” y todos y todas empezaron a desnudarse y a bailar al sol tal como habría querido la madre Naturaleza. Desde aquel mismo día, en el país hubo la posibilidad de ir vestido o no, y el sastre, privado de su medio de subsistencia, recogió hilo y aguja y nunca más se oyó hablar de él,
cuento políticamente correctoEufemismos (2)
Para ser políticamente correcto nada como un uso adecuado de los eufemismos.
Y nada mejor que un curriculum vitae para hacer uso de ellos y dotar a nuestra profesión o nuestro cargo con un bonito y rimbombante nombre.
Si todo el mundo lo hace y nosotros no, podría ocurrirnos lo que al pobre Paco.

Un eufemismo es una palabra o frase que expresa con suavidad o decoro ideas cuya franca expresión se considera malsonante.
Así se dice “personita” o “persona de talla corta” por enano. “Carente de recursos” por pobre. “De talla grande” por gordo. “Material para adultos” por pornográfico. “Poco agraciado” por feo. “Establecimiento penitenciario” por cárcel. “Cambiar el agua al canario” por orinar. “Vicio solitario” por masturbación. “Deconstrucciones” por derribos. “Conflicto bélico” por guerra. “Defensa policial” por porra. “Daños colaterales” por víctimas civiles. “Residuo sólido” por basura.
Algunos hechos desagradables o con consideración negativa tienen muchos eufemismos. Como eufemismos de morir solemos utilizar:
Irse al otro barrio.
Pasar a mejor vida.
Estirar la pata.
Ir a un sitio mejor.
Ponerse a criar malvas.
Irse al otro mundo.
Eufemismos
Para ser políticamente correcto nada como un adecuado uso de los eufemismos.
Y nada mejor que un curriculum vitae para hacer uso de ellos y dotar al documento de mayor prestancia.
Se observará mejoría si se cambia el nombre habitual por el propuesto, al enumerar profesiones que se puedan haber desempañado anteriormente.
- Coordinador Oficial de Movimientos Internos (portero)
- Coordinador Oficial de Movimiento Nocturno (vigilante)
- Distribuidor de Recursos Humanos VIP (chófer de taxi)
- Distribuidor Interno de Recursos Humanos (ascensorista)
- Especialista en Logística de Energía Combustible (butanero)
- Auxiliar de Servicios de Ingeniería Civil (peón de obra)
- Subalterno Auxiliar de Servicios de Ingeniería Civil (ayudante de peón de obra)
- Especialista en Logística de Documentos (mensajero)
- Especialista Avanzado en Logística de Documentos (mensajero con moto)
- Consultor de Asuntos Generales y No Específicos (adivino, brujo, echador de cartas…)
- Técnico de Mercadeo Dirigido (repartidor de volantes en las esquinas)
- Especialista en Logística de Alimentos (mozo de almacén)
- Abastecedor Logístico en Ubicaciones de Alta Concentración (vendedor de bocatas en el estadio)
- Distribuidor de Productos Alternativos de Alta Rotación (vendedor Ambulante)
- Técnico Sanitario de Caminos Públicos (barrendero de calles)

Y si lo suyo no es el trabajo, puede disfrazar como tal sus actividades preferidas:
- Director y Conductor de Estrategias Operativas en Actividades de Grupos (juerguista)
- Administrador de Flujo de Actividades de Género Deportivo (haragán, vago)
- Procesador de Ritmos Fónicos a Movimiento en 3D (bailón)
- Técnico Operador de Dispositivos Lúdico-electrónicos a Jornada Completa (viciado de consola)

Son frases utilizadas para echar a una persona de un lugar o apartarla del trato con desaire; cuando, hartos del fastidio que representa su presencia o sus comentarios, nos deshacemos del indeseable de manera desabrida.
Todas las locuciones tratadas a continuación son eufemismos de mandar a tomar por el culo o mandar a la mierda, y con ellas se pretende mantener alejado y ocupado el mayor tiempo posible —quizás en una tarea inútil o desagradable— al pelma objeto de nuestro trato desconsiderado.
Vete a freír espárragos es una frase documentada ya en el siglo XIX en el que se decía anda a freír espárragos o anda a esparragar; esto es, a coger espárragos. La expresión procede en última instancia del proverbio latino Citius quam asparagi coquantur, ‘en lo que tardan en cocer los espárragos’ en latín, y que hace referencia a un tiempo brevísimo, ya que el espárrago debe ser retirado del fuego al primer hervor. Entonces, si lo que se pretende es mantener ocupado el mayor tiempo posible al individuo molesto, o se le manda a recogerlos o a freírlos, en una confusión significativa enviando a freír algo que se ha de hervir, en la línea de algo inútil como la del que asó la manteca.
Y no sólo se le manda a freír espárragos, también a freír churros (lo que es más lógico) y a freír monas (tarea tan inútil como complicada). También es usual que al indeseable se le diga: ¡vete a hacer puñetas! o ¡vete a hacer gárgaras!
Las puñetas son las bocamangas de bordados y puntillas que adornan algunas togas. En su edición del año 1737, el Diccionario de la Lengua Castellana define el término puñetes como: “… lo mismo que axorcas u otro adorno de los puños.”
La confección de aquellos adornos realizados con hilo formando un tejido calado, se realizaba a mano en una tarea artesanal de encaje que requería mucho tiempo, justo el que deseamos vernos libre de la compañía del pelma. Además, ocurría que la mayor parte de estas labores se realizaba en los conventos, con lo que todo quedaba arreglado si además era de clausura y nos librábamos de su presencia por siempre jamás.
Lo de mandar a hacer gárgaras tiene el mismo significado: el de enviar al indeseable a realizar una actividad que le tenga entretenido alguna temporada; en este caso realizando enjuagues, manteniendo el líquido en la garganta y haciendo vibrar el velo del paladar y la laringe. De esta guisa está incapacitado para hablar y, por ende, para fastidiarnos con su cháchara. Aunque no sería descabellado suponer en el origen de la frase su utilización para deshacerse del que ha blasfemado o ha dicho algo inconveniente o ridículo.
También se le puede mandar a la porra. Siendo la porra una especie de bastón, terminado en un gran puño de plata, que llevaba el tambor mayor de los antiguos regimientos de los siglos XVII y XVIII. Cuando las tropas acampaban, se clavaba el bastón en el suelo para señalizar el punto de reunión. Y allí eran enviados los soldados arrestados: ¡a la porra! Posteriormente, el oficial de guardia pasaba a recoger a los arrestados y a encomendarles tareas de castigo que les tenían ocupados mucho tiempo.
También se puede mandar a alguien al guano y, sabiendo que el guano es la acumulación de excrementos de las gaviotas y otras aves marinas, el aspecto eufemístico queda aclarado. También se le puede mandar a paseo (cuanto más largo mejor) a freír morcillas o, en un tono más clásico, mandarlo al infierno.
También se le puede mandar al carajo, al pedo, al quinto pino, a tomar por saco, a cagar a la vía (con la secreta esperanza de que el tren le arrolle en plena faena), al cuerno, y otras mil maneras consagradas por el humor popular, fecundo en esto como en tantos otros aspectos.
políticamente correcto sentimientos tacosTu jefe y tú

La riqueza del lenguaje nos permite usar diferentes sustantivos y adjetivos para referirnos al mismo hecho, dependiendo de quién lo lleve a cabo.
Cuando tardas mucho en acabar una tarea, eres LENTO.
Cuando tu jefe tarda mucho, es METICULOSO.
Cuando no haces tu trabajo, eres PEREZOSO.
Cuando tu jefe no hace el suyo, está DEMASIADO OCUPADO.
Cuando cometes un error, eres un IDIOTA.
Cuando tu jefe comete un error, es solamente HUMANO.
Cuando haces algo que no te han pedido, te EXTRALIMITAS.
Cuando tu jefe lo hace, es prueba de INICIATIVA.
Cuando mantienes tu posición, eres un CABEZOTA.
Cuando tu jefe lo hace, es FIRME.
Cuando no respetas el protocolo, eres GROSERO.
Cuando tu jefe lo hace, es ORIGINAL.
Cuando contentas a tu jefe, eres un LAME-CULOS.
Cuando tu jefe contenta a su jefe, es COOPERATIVO.
Cuando no estás en tu despacho, te ESCAQUEAS.
Cuando tu jefe no está en su despacho, está OCUPÁNDOSE DE ASUNTOS.
Cuando estás de baja por enfermedad, estás siempre ENFERMO.
Cuando tu jefe esta de baja por enfermedad, es porque está GRAVEMENTE ENFERMO.
Cuando mandas bromas por Internet, eso es CORREO BASURA.
Cuando tu jefe lo hace, es HUMOR.
Un eufemismo es una palabra o frase que expresa con suavidad o decoro ideas cuya franca expresión se considera malsonante.
Se puede decir que alguien “no es joven” para decir que es viejo sin decirlo y así no ofenderle.
Se dice “empleada del hogar” por sirvienta o criada, “anciano” o “de la tercera edad” por viejo, “hombre de color” por hombre de raza negra, “sin techo” por vagabundo, “necesitado” por pobre, “país del tercer mundo” por país subdesarrollado, “paciente” por enfermo y así muchas más.
Con los tacos e insultos suele pasar algo parecido. Lanzamos una imprecación pero pretendemos ser educados al mismo tiempo, con lo que se producen exclamaciones del siguiente tipo: ¡Córcholis! ¡Caracoles! ¡Jobar! ¡Mecachis! ¡Jopé! ¡Jolines! ¡Ospá! ¡Mecagüen! …
El lenguaje políticamente correcto es una extensión del eufemismo. Se trata de un “invento” de finales del siglo XX y es una retórica plagada de eufemismos, que pretende no ser ofensiva con nadie, ya sea persona o entidad. Su principal característica es la no discriminación de sexos y razas, ya sea en cuanto a las palabras como en cuanto a las actitudes.
La abogado deja paso a la abogada y la fiscal a la fiscala, la médico a la médica y la concejal a la concejala. Los niños de la clase pasan a ser los niños y niñas de la clase o, peor aún, los niños/as de la clase y las A.P.A. (Asociaciones de Padres de Alumnos) pasan a ser las A.M.P.A. (Asociaciones de Madres y Padres de Alumnos/as).
En su mayor apogeo no era raro leer escritos tal que así: “Distinguidos/as padres/madres: Convocamos la reunión para hablar juntos/as de nuestros/as hijos/as…”
En la actualidad ha surgido la utilización del símbolo “@” como sustitutivo del género al simbolizar la “a” y la “o” en una sola grafía. Da un toque de modernidad y obvia el engorro de la repetición de letras y palabras.
Como curioso ejemplo de lo anteriormente expuesto, se puede leer a continuación el cuento de Caperucita roja, escrito en un lenguaje políticamente correcto, para disfrute de todos/as los/as niños/as políticamente correctos/as.

EL CUENTO DE CAPERUCITA ROJA EN LENGUAJE POLÍTICAMENTE CORRECTO PARA NIÑOS/AS POLÍTICAMENTE CORRECTOS/AS
Érase una vez una persona de corta edad llamada Caperucita Roja que vivía con su madre en la linde de un bosque. Un día, su madre le pidió que llevase una cesta con fruta fresca y agua mineral a casa de su abuela, pero no porque lo considerara una labor propia de mujeres, atención, sino porque ello representaba un acto generoso que contribuía a afianzar la sensación de comunidad. Además, su abuela no estaba enferma; antes bien, gozaba de completa salud física y mental y era perfectamente capaz de cuidar de sí misma como persona adulta y madura que era.
Así, Caperucita Roja cogió su cesta y emprendió el camino a través del bosque. Muchas personas creían que el bosque era un lugar siniestro y peligroso, por lo que jamás se aventuraban en él. Caperucita Roja, por el contrario, poseía la suficiente confianza en su incipiente sexualidad como para evitar verse intimidada por una imaginería tan obviamente freudiana. De camino a casa de su abuela, Caperucita Roja se vio abordada por un lobo que le preguntó qué llevaba en la cesta.
Un saludable tentempié para mi abuela quien, sin duda alguna, es perfectamente capaz de cuidar de sí misma como persona adulta y madura que es -respondió.
- No sé si sabes, querida -dijo el lobo-, que es peligroso para una niña pequeña recorrer sola estos bosques.
Respondió Caperucita:
Encuentro esa observación sexista y en extremo insultante, pero haré caso omiso de ella debido a tu tradicional condición de proscrito social y a la perspectiva existencial -en tu caso propia y globalmente válida- que la angustia que tal condición te produce te ha llevado a desarrollar. Y ahora, si me perdonas, debo continuar mi camino.
Caperucita Roja enfiló nuevamente el sendero. Pero el lobo, liberado por su condición de segregado social de esa esclava dependencia del pensamiento lineal tan propia de Occidente, conocía una ruta más rápida para llegar a casa de la abuela. Tras irrumpir bruscamente en ella, devoró a la anciana, adoptando con ello una línea de conducta completamente válida para cualquier carnívoro.
A continuación, inmune a las rígidas nociones tradicionales de lo masculino y lo femenino, se puso el camisón de la abuela y se acurrucó en el lecho.
Caperucita Roja entró en la cabaña y dijo:
Abuela, te he traído algunas chucherías bajas en calorías y en sodio en reconocimiento a tu papel de sabia y generosa matriarca.
Acércate más, criatura, para que pueda verte -dijo suavemente el lobo desde el lecho.
¡Oh! -repuso Caperucita-. Había olvidado que visualmente eres tan limitada como un topo. Pero, abuela, ¡qué ojos tan grandes tienes!
- Han visto mucho y han perdonado mucho, querida.
- Y, abuela, ¡qué nariz tan grande tienes!… relativamente hablando, claro está, y a su modo indudablemente atractiva.
- Ha olido mucho y ha perdonado mucho, querida.
- Y… abuela, ¡qué dientes tan grandes tienes!
Respondió el lobo:
- Soy feliz de ser quien soy y lo que soy -y, saltando de la cama, aferró a Caperucita Roja con sus garras, dispuesto a devorarla.
Caperucita gritó; no como resultado de la aparente tendencia del lobo hacia el travestismo, sino por la deliberada invasión que había realizado de su espacio personal.
Sus gritos llegaron a oídos de un operario de la industria maderera (o técnico en combustibles vegetales, como él mismo prefería considerarse) que pasaba por allí. Al entrar en la cabaña, advirtió el revuelo y trató de intervenir. Pero apenas había alzado su hacha cuando tanto el lobo como Caperucita Roja se detuvieron simultáneamente.
- ¿Puede saberse con exactitud qué cree usted que está haciendo? -inquirió Caperucita.
El operario maderero parpadeó e intentó responder, pero las palabras no acudían a sus labios.
- ¿Se cree acaso que puede irrumpir aquí como un Neandertalense cualquiera y delegar su capacidad de reflexión en el arma que lleva consigo? -prosiguió Caperucita-. ¡Sexista! ¡Racista! ¿Cómo se atreve a dar por hecho que las mujeres y los lobos no son capaces de resolver sus propias diferencias sin la ayuda de un hombre?
Al oír el apasionado discurso de Caperucita, la abuela saltó de la panza del lobo, arrebató el hacha al operario maderero y le cortó la cabeza.
Concluida la odisea, Caperucita, la abuela y el lobo creyeron experimentar cierta afinidad en sus objetivos, decidieron instaurar una forma alternativa de comunidad basada en la cooperación y el respeto mutuos y, juntos, vivieron felices en los bosques para siempre.
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