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Ángel¿Sabías por qué se dice que HA PASADO UN ÁNGEL cuando en medio de una animada charla se hace de repente el silencio?

Con esta frase se da pie a reanudar la conversación, trivializando el silencio.

La costumbre tiene su origen en la Roma clásica.

Los romanos tenían junto al fuego de sus casas representaciones de Lares y Menes —dioses menores protectores del hogar— que simbolizaban la participación y permanencia en la vida diaria, de los muertos de la familia, a los que se profesaba un gran respeto.

Cuando se mencionaba el nombre de un difunto, todos mantenían un silencio respetuoso antes de proseguir la charla; algo parecido al “minuto de silencio” actual para honrar a uno o varios difuntos.

Al pasar esta costumbre por el tamiz cristiano, se habló de ángel, para referirse con respeto al momento del tránsito del alma del difunto.

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Rey Piro¿Sabías por qué una VICTORIA PÍRRICA es un éxito que cuesta grandes esfuerzos y sacrificios?

Es más, es aquella en la que lo conseguido no compensa el gasto y esfuerzo realizado.

La expresión tiene su origen en la figura de Pirro, rey de Epiro (319-276 a. de C.) que alzó contra Roma las ciudades griegas del sur de Italia.

En la primavera del año 281 tuvo lugar una batalla entre las legiones romanas a las órdenes del cónsul Valerio Levino y las tropas de Pirro, a orillas del rio Siris. En ella los elefantes de Pirro —desconocidos para los romanos— dispersaron la caballería y las legiones romanas. Las pérdidas del bando romano fueron grandes, pero la resistencia ofrecida por las entrenadas y disciplinadas legiones causó grandes pérdidas al ejército de Pirro.

Dos años más tarde volvió a enfrentarse a ellos en Asculum, donde volvió a sufrir importantes bajas pese a vencer. Al recibir la enhorabuena por la victoria, el rey contestó: “Estoy perdido si consigo otra victoria como ésta”.

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Julio César, asesinado el 44 a.C. por una conjura encabezada por Casio y Bruto¿Sabías por qué BRILLAR POR SU AUSENCIA es una frase que se aplica a la persona o cosa que no está en el lugar que le corresponde?

Persona o cosa que no está donde debe estar y a la que se echa de menos o se nota en exceso su falta.

La frase tiene su origen en los Annales, obra del notable historiador latino Cornelio Tácito.

Al final del libro III de sus Annales, Tácito relata los funerales de Junia, esposa de Casio y hermana de Bruto —asesinos de Julio César— y explica que, siguiendo los usos romanos, precediendo a la urna que contenía los restos de la difunta iban en procesión los retratos de sus antepasados.

Entre estos retratos estaban los de su marido y su hermano, pero comoquiera que ninguno de los dos había asistido al funeral, su ausencia fue llamativa y notoria, tanto que se dijo que estos personajes brillaban por su ausencia.

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Pasquín

25Nov05

La mencionada estatua en la actualidad¿Sabías por qué llamamos PASQUÍN a un escrito anónimo que se fija en sitio público, con expresiones satíricas contra el Gobierno?

También se escriben contra una persona en particular o una corporación determinada.

Entre lo siglos XVI y XIX existió en Roma la costumbre de adherir a una estatua escritos satíricos de protesta, muchos de ellos en verso, para el general conocimiento de la población.

La estatua —que representaba a un anónimo gladiador— estaba situada en una placita en la que tenía su taller un zapatero remendón, de nombre Pasquino, que era tan popular que terminó por dar su nombre a la escultura y a los escritos pegados a ella.

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Vestíbulo

13Sep05

¿Sabías por qué llamamos VESTÍBULO al atrio o portal que está a la entrada de un edificio?

Por Vesta, la diosa romana protectora del hogar.

En la entrada de muchas casas de la antigua Roma había un pequeño altar dedicado a esta divinidad, donde siempre lucía una llama; solicitando de esta manera la protección de la diosa.

Este atrio, pórtico o habitación que daba entrada a la casa recibió más tarde en latín el nombre de vestibulum, ‘que sirve para Vesta, el lugar de Vesta’.

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Año bisiesto

06Feb05

El año bisiesto tiene 366 días. Este día extra se añade al final del mes de febrero, por lo que este mes pasa a tener 29 días.

Este añadido se realiza para regularizar el desfase existente entre el año solar (el tiempo que tarda la Tierra en orbitar alrededor del Sol es de 365 días y 6 horas) y el año cronológico de 365 días. Así, cada cuatro años se reúnen las horas suficientes para formar el día suplementario.

Hasta aquí se ha comentado aquello que comúnmente se sabe. Pero, ¿desde cuándo tenemos años bisiestos? ¿por qué el día extra se añade a febrero y no a otro mes? Y, aún más, ¿de dónde proviene el término bisiesto?

El año bisiesto fue una innovación del calendario juliano elaborado por el astrónomo griego Sosígenes de Alejandría por encargo de Julio César, que lo difundió por todo el Imperio Romano en el año 46 a.C. Este calendario estaba basado en el calendario egipcio y toma como inicio del año el 1 de enero en lugar del 1 de marzo como se hacía anteriormente, cuando se ligaba el inicio del año con el “inicio” del ciclo de vida que supone la primavera.

El día extra se añadió al mes de febrero no solamente por ser el más corto, sino por ser el último del año. Julio César decretó que el 23 de febrero, día de Terminalia, tuviese 48 horas cada cuatro años. Comoquiera que los romanos nombraban los días de los meses en referencia a las calendas (primer día de cada mes) y los idus (día 15 de marzo, mayo, julio y octubre, y 13 de los demás meses), el día suplementario se conoció como bis-sextus dies ante calendas martii (repite el sexto día antes del primero de marzo). El nombre es demasiado largo, pero lo de bis-sextus derivó a bisiesto.

Posteriormente, el calendario gregoriano, introducido por el Papa Gregorio XIII en el año 1582, modificó la periodicidad de los años bisiestos para regularizar el desajuste acumulado desde la implantación del calendario juliano, para lo que dispuso 97 años bisiestos cada 400 años. Ocurre que la duración del año solar es exactamente de 365 días, 6 horas, 13 minutos y 59 segundos, así que, con el calendario juliano resultaba un año civil de 365,25 días y, por lo tanto, sólo 0,0078 días más largo que el año solar verdadero.

La modificación introducida en la regla de los bisiestos, y que redujo la diferencia a 0,0003 de día, fue seguir considerando bisiestos los años múltiplos de cuatro excepto el último de cada siglo cuyas centenas no sean múltiplo de cuatro. Así que el año 2000 lo fue, pero no lo será el 2100. La regla gregoriana de los años bisiestos se podría enunciar como sigue: “Un año es bisiesto si es divisible por 4, a menos que sea divisible por 100 y no por 400″.

Es el calendario gregoriano es el utilizado en la actualidad por las naciones cristianas, a excepción de las que siguen el cisma griego que utilizan el calendario juliano, al igual que las naciones musulmanas.

Todo este asunto de los diferentes calendarios ha forzado algunas situaciones curiosas:

El calendario juliano que entró en vigor el 1 de enero del 45 a.C. supuso que el año 46 a.C., conocido como “el año de la confusión”, tuviera 15 meses. Concretamente se le añadieron 85 días, distribuidos en dos meses entre noviembre y diciembre (uno de 33 días y otro de 34 días) y otro mes intercalado en el mes de febrero. Con ello consiguieron que el calendario se correspondiera con las estaciones, cosa que ya no ocurría merced al desfase.

Para que la fiesta de Pascua coincidiera con la llegada de la primavera, el calendario gregoriano restó 10 días al año 1582, de tal manera que a al 4 de octubre no le siguió el 5 de octubre, si no el día 15 de octubre. Así, en el año 1583, el equinoccio vernal tuvo lugar el 21 de marzo.

El calendario gregoriano no se adoptó en Gran Bretaña hasta 1752, en Rusia hasta 1918 y en Turquía hasta 1927.

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¿Sabías por qué FEBRERO TIENE 28 DÍAS?

Antes de la reforma del calendario llevada a cabo por Julio César, el año romano comenzaba en el mes de marzo y tenia 10 meses de 36 días, más 5 días al fin del mismo, dedicados a las fiestas de las saturnales.

A partir de la reforma juliana, el año pasó a tener 12 meses —de 30 ó 31 días— incorporando a fin del mismo dos meses, que se llamaron enero y febrero. Los meses de 31 días eran los impares: marzo, mayo, quinto, séptimo, noveno y enero. Y los de 30 eran los pares: abril, junio, sexto, octavo y décimo. A febrero le correspondieron 29 (30 los años bisiestos) para obtener los 365 días.

A Cayo Julio César se le brindó el honor de designar un mes con su nombre, y el escogido fue el quinto mes, que a partir de la reforma juliana se llamó julio. Su hijo adoptivo, Cayo Julio César Octaviano, que fue designado emperador —con el título de augustus— asumió el poder absoluto dando origen al Imperio Romano. En su honor se llamó agosto al mes sexto, pero, dado que el mes sólo tenía 30 días y no podía ser que el Imperator Augustus tuviera un mes con un día menos que su padre, resolvieron agregarle un día más que tomaron del último mes, pasando febrero de tener 29 días a tener 28.

Como así habían tres meses seguidos con 31 días, se alteró la duración de los siguientes, pasando septiembre a tener 30, octubre 31, noviembre 30 y diciembre 31.

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Sistema solar

Las diferentes unidades de medida del tiempo y los nombres por las que las conocemos no son cosa de ayer. Desde antiguo hemos dividido el tiempo en las mismas porciones y los nombres actuales provienen de los de antaño. Y no obedecen a decisiones arbitrarias sino que están basadas en los conocimientos astronómicos de los pueblos de la Edad Antigua que han llegado hasta nuestros días a través del filtro de la roma clásica.

La diferenciación entre el día y la noche es la más obvia de realizar, siendo el siguiente paso el agruparlos en una unidad de tiempo que abarca un ciclo de luz-oscuridad. Después se unen en grupos de siete días llamados semanas (de sept, ’siete’ en latín). Y son siete los días de la semana, pues siete eran los astros móviles sobre el fondo fijo de un firmamento de estrellas que observaban los primitivos astrónomos. A saber: Mercurio, Venus, Marte, Júpiter, Saturno, Luna y Sol. Comoquiera que estos pueblos mantenían cultos politeístas, identificaron algunas de sus deidades con estos cuerpos que, majestuosamente, se desplazaban de constelación en  constelación. Por ello dedicaron un día a la honra o adoración de cada uno de ellos y, una vez completado el ciclo de siete días, volvían a repetirlo. Diferentes han sido los nombres como diferentes han sido los pueblos pero, merced al poder integrador de la cultura romana, nos han llegado hasta la actualidad con un nombre único.

El orden viene dado por proximidad y por unos valores que la antigua astronomía calculaba a partir de su posición en la bóveda celeste. Comenzaron por el más próximo a la Tierra según la concepción Toloméica del Universo, la vigente en esos días.

Así consideraban que el astro más cercano era el Sol (sol, solis, en latín) al que dedicaron el primero de los días. Nótese a este respecto que la semana comienza en domingo y acaba en sábado, día que el pueblo judío dedicaba al descanso al final de la misma. Así se dice cap de setmana,’cabeza de semana’ en catalán, al conjunto de días festivos del actual fin de semana. Algunos idiomas corroboran el origen del nombre, como es el caso del inglés sunday (dies solis, ‘día del Sol’ en latín). Posteriormente, con la cristianización del Imperio Romano se dedicó el día al Señor y le llamamos domingo (de dies Dominica, ‘día del Señor’ en latín). También se le colocó en último lugar de la semana como correspondía al día del descanso.

El siguiente astro fue el consagrado a Selene, diosa griega que simbolizaba la Luna. El lunes (dies Lunae, ‘día de la Luna’ en latín) también muestra más clara su procedencia en el monday inglés o en el montag alemán.

El martes (dies Martis, ‘día de Marte’ en latín) fue dedicado a Marte, dios romano de la guerra. El conocido por planeta rojo fue asimilado al dios guerrero precisamente por su color, el de la sangre y el fuego. El nombre de sus satélites Phobos y Deimos corresponden al de los hijos del dios, que conducían su carro de combate.

El miércoles (dies Mercurii, ‘día de Mercurio’ en latín) fue asimilado a Mercurio, dios romano de la velocidad, precisamente por ser éste el planeta con el movimiento aparente más rápido de los siete. Otras lenguas mantienen la misma raíz latina, como el dimecres catalán o el mercoledì italiano.

El jueves (dies Jovis, ‘día de Júpiter’ en latín) fue dedicado a Júpiter, el mayor de los dioses del panteón romano. El planeta que simbolizaba al dios por su tamaño y por su lento movimiento aparente, enseñoreándose del firmamento.

El viernes (dies Veneris, ‘día de Venus’ en latín) fue consagrado a Venus, diosa de la belleza, precisamente por esta cualidad, la belleza del lucero del alba. Otras lenguas mantienen la misma raíz latina como el vendredi francés o el venerdì italiano.

Y finalmente, el sábado (dies Saturnus, ‘día de Saturno’ en latín) fue asimilado a Saturno por la gran cantidad de satélites que posee, como la gran cantidad de hijos del dios de la agricultura. De nuevo podemos constatar la similitud con el saturday inglés, en donde no se cambió la denominación, como en otras lenguas, por la del sabbatum latino, que deriva a su vez del shabbath, ‘descansar’, en hebreo, y que era el día de descanso antes de que el cristianismo lo cambiase por el domingo.

Si ya se han acabado los días de la semana no ha ocurrido así con los planetas del Sistema Solar. A los descubiertos en fechas mucho más recientes se le ha seguido nombrando siguiendo la tradición clásica.

Urano fue llamado Georgium Sidus, ‘estrella de Jorge’, en latín, por su descubridor William Herschel en honor a su mecenas real Jorge III, pero posteriormente se le llamó con el nombre actual. Si tras Júpiter venía su padre Saturno, tras éste debía venir el propio: Urano, padre de los titanes y de entre ellos el más poderoso Cronos, dios griego asimilado al Saturno romano.

Neptuno es el siguiente. Hermano de Júpiter y dios de los mares, asimilado al planeta de tonos verdeazulados. Y después Plutón, hermano de Júpiter y de Neptuno, dios de los muertos y del inframundo. Nombre adecuado para el planeta más alejado del Sol, el que vaga por las más inhóspitas regiones de nuestro sistema en compañía de Caronte, su satélite.

Incluso los nombres de los satélites tienen que ver con la mitología. Ya se ha hablado de la Luna, pero quedan otros más. Por ejemplo, Phobos y Deimos —satélites de Marte— no podían tener nombres másapropiados. El astrónomo norteamericano Asaph Hall los bautizó con los nombres de Deimos, ‘Terror’ y Phobos, ‘Temor’, correspondientes a los dos hijos del dios Marte que, según explica Homero en la Ilíada, le asistían en el manejo de su carro de combate. Por su parte Caronte —satélite de Plutón— recibe su nombre del barquero que conduce las almas de los muertos a través de la laguna Estigia hasta el reino de Plutón.

Y, para finalizar, una curiosidad. El género de todos los planetas y satélites es el masculino, incluso para Venus que simboliza a una diosa; lo que se podría explicar con el género de las palabras planeta y satélite, también masculino. Pero la regla se rompe con La Tierra y La Luna, de género femenino. ¿Por qué este uso del género? Quizá la explicación al primer caso sea la comparación con una madre. Es decir, la madre Tierra que, como la propia, nos provee de cobijo y alimento y pone a nuestra disposición lo necesario para cubrir nuestras necesidades. Y quizá la explicación del segundo esté en sus fases y su ciclo de 28 días, y la relación de éste con el ciclo femenino y con los aspectos de fertilidad que lleva asociados.

Colaboración de Francesc Ojeda

En las lenguas románicas, el género de la luna es femenino, pero en muchos idiomas es masculino. El caso más conocido es el del alemán der Mond. Además, en muchos pueblos indígenas, existen mitos según los cuales la luna (el luno) baja de noche a la tierra y viola a las mujeres. Es de suponer que esta creencia ha nacido por la relación entre el ciclo menstrual y el ciclo lunar.

Publicado originalmente el 11 de octubre de 1999
Ampliado el 18 de diciembre de 2000
Ampliado el 26 de agosto de 2004

días domingo Júpiter jueves la Tierra lunes Marte martes Mercurio miércoles Neptuno Plutón Roma Saturno sábado semana Urano Venus viernes

Embarazo y bebéEmbarazo es un término procedente del antiguo leonés, de baraça (lazo, cordón) y éste a su vez es de origen prerromano, acaso celta. La voz castiza fue preñada, de impregnare, ‘llenar, impregnar, colmar’ en latín con el significado de ‘estorbo, molestia’.

Hay que hablar ahora del cordón o cinta, pues es el distintivo de la mujer casada. En el mundo antiguo la mujer soltera llevaba los vestidos y ropajes sueltos y cuando se casaba se los ceñía la talle con una cinta o cordón. Al quedar embarazada su ropa tenía que adaptarse a la nueva situación y abandonaba el ceñidor, para evitar opresiones al feto. Se decía que estaba incincta (participio pasivo de cignere, ‘ceñir’ en latín, más la partícula negativa -in) y actualmente se dice estar encinta.

Tras el embarazo viene el parto. Expresiones como romper aguas, alumbramiento y dar a luz, se explican por sí solas. Lo que sí necesitará una explicación es el motivo de la cuarentena de las parteras —tiempo de abstinencia recomendada tras el parto para no interferir en la correcta recuperación genital femenina— tras el cual viene la visita de rigor al médico para dar por finalizado el proceso si no han habido complicaciones. Este periodo de tiempo tiene sus motivos médicos como también lo tiene el aislamiento de posibles infectados para evitar un contagio y que también recibe el nombre de cuarentena. Pero ¿por qué cuarenta días? ¿por qué no treinta y cinco o cincuenta? La explicación la encontramos en un rito judío al que se sometió la Virgen María cuarenta días después del nacimiento de Jesús. Una costumbre de purificación mantenida durante mucho tiempo por la tradición cristiana, pues no hay que olvidar que se consideraba que la mujer era impura en los días de la menstruación y tras el parto y que ningún hombre debía tener contacto carnal con ella en tal situación. Una vez pasados los cuarenta días —en las que la mujer no acudía a misa— presentaba su bebé al párroco que le prodigaba una bendición especial.

Después se viste al bebé varón de azul y a la niña de rosa. El azul tiene su explicación en el libro bíblico de los Números, en el que para que los israelitas no olvidaran los favores concedidos, se les ordenó colocar cintas de color azul en los remates o rebordes de sus mantos, para así recordar los mandamientos del Señor. De este pasaje se derivó la creencia de que llevar una cinta azul remedia ciertos males y desde entonces el azul ha sido utilizado como talismán. De aquí viene el algo azul de las novias  y el color azul de los ropajes de los bebés del sexo más deseado por los progenitores en tiempos pasados. El heredero (importante la figura del hereu en la Cataluña rural) o simplemente brazos fuertes para trabajar el campo era lo que preferían estos padres y cuando tenían un varón lo vestían de azul para protegerlo de la elevada mortalidad infantil.

En tiempos más recientes se escogió el color rosa para las niñas porque el mundo clásico había dedicado la rosa a Venus por su hermosura y su suave olor y por el breve tiempo de vida antes de marchitarse que simbolizó el placer efímero. (He aquí también la razón por la que la rosa es el símbolo del amor por antonomasia). Y también se empezó a decir que las niñas eran flores, que nacían debajo de un rosa y demás cuentos como el de la cigüeña que merece comentario aparte.

Ya en Roma, impresionados por el amor filial de estas aves (monógama, fiel a su pareja y que cuida de sus padres cuando no pueden valerse por su edad) se promulgó la lex cyconaria que era una disposición legal por la que se obligaba a los hijos a amparar a los padres ancianos. La cigüeña estuvo dedicada a la diosa Juno y a su cuidado estaban la protección de la mujer, el matrimonio, el alumbramiento y los recién nacidos. Así no es de extrañar que en Escandinavia u Holanda (en todo caso parece que en la zona báltica) se inventaran la historia de la cigüeña que trae los niños para explicar a los más pequeños la aparición súbita de un nuevo miembro de la familia. En todo caso, el trabajo del cuentista danés Hans Christian Andersen contribuyó a propagar esta fábula.

Publicado originalmente el 19 de mayo de 2001

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Anfitrión

05Ago04

Colaboración de Arturo Ortega Morán

¿Sabías por qué llamamos ANFITRIÓN a quien recibe invitados en su casa?

Nos encanta ser anfitriones. Apenas surge un motivo, y ya estamos bien puestos para organizar la fiesta en nuestra casa. Nos gusta que al final, nuestros invitados se vayan contentos y con un buen recuerdo de nuestra atención. Esto nos motiva para, en cuanto se pueda, volver a ser los anfitriones.

Pero, ¿por qué le decimos anfitrión a quien recibe invitados en su casa? Aunque, en el DRAE dice: “anfitrión: De Anfitrión rey de Tebas, espléndido en sus banquetes”, la realidad es que, el origen del uso que le damos a la palabra, nada tiene que ver con las pachangas que pudiera haber organizado este señor. Aunque, para él, hubiera sido mejor que así fuera.

Todo empieza en una de las intrincadas historias de la mitología griega. Alcmena, hermosa princesa de Micenas, era la mujer de Anfitrión; un valiente general de Tebas que era hijo de Arceo (rey de Tirinto). La valentía y estirpe de Anfitrión, no fueron impedimento para que el prepotente Zeus, impresionado por la belleza de Alcmena, urdiera un plan para poseerla.

Aprovechando una noche en que Anfitrión cumplía con sus deberes militares —o al menos eso le dijo a Alcmena— Zeus, haciendo gala de sus habilidades taumatúrgicas, adoptó la forma del desdichado esposo, y, ni tardo ni perezoso, se acostó con Alcmena, que para nada notó la diferencia (…o tal vez sí). De esa unión, habría de nacer el legendario Hércules… pero esa es otra historia.

Este drama, no se le iba a escapar a Plauto (254-184 a.C.); dramaturgo cómico romano, quien tomó el tema y escribió la comedia Anfitrión.

Mucho tiempo después, en 1668; el dramaturgo francés Molière, recreó la comedia de Plauto. En la escena final, se representa un banquete, donde Socia , que era el mensajero del capitán Anfitrión, no sabe si está hablando con su verdadero amo, o con el dios Júpiter (Zeus para los romanos) convertido en éste. Y, cuando es invitado a la mesa, su preocupación termina y dice: “le véritable Amphitryón est l’Amphitryon où l’on dine…”, que podría traducirse como: “El verdadero Anfitrión, es el que invita a cenar”.

La frase fue recibida con simpatía por el público, y, pronto, Amphitryon se incorporó a la lengua francesa con el significado de: “El que invita a cenar”. Habría de pasar un tiempo para que la palabra se incorporara al español. Apareció por primera vez en el diccionario de la RAE, en la edición de 1869.

Quizá, después de conocer la historia, ya no nos cause tanto entusiasmo cuando se refieran a nosotros como… los anfitriones.

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