Epitafios (4)

La Muerte es una cosa muy seria. Pero como ocurre con todas las cosas serias, no está de más tomarlas a broma de vez en cuando.
A continuación unos epitafios en clave de humor:
a un boxeador invicto: Por fin te tumbaron.
a un mecánico: Era de una pieza.
a un bailarín de break-dance: ¿Te vas a estar quieto?
a un payaso: Murió de risa.
a una enamoradiza: Éste fue su último suspiro.
a los 3 mosqueteros: Todos para una (tumba).
a uno con doble personalidad: Descansen en paz.
a un músico: Con la música a otra parte.
a un jardinero: A criar malvas.
a un muero de hambre: Por fin fiambre.
a un cabezón: ¿Ves como sí que estaba cargada?
a un nuevo rico: Me mudé al otro barrio.
a un pobre: Ahora estoy tieso del todo.
a uno que seguía un régimen de adelgazamiento: Me he quedado en los huesos.
a un arqueólogo: Dentro de mil años excavad aquí.
a un fan de Mecano: No es serio este cementerio.
a un habitual de hotel: No molestar.
frases muerte sepulturaLos muertos y la cosmética
La Muerte es el enigma definitivo. Y como gran misterio que es, siempre ha inquietado al hombre y le ha llevado a proponer respuestas a la pregunta de ¿qué hay más allá? Y para contestar a esta pregunta y dar sentido a otras necesidades, se han formulado creencias, filosofías y religiones y, en ellas, siempre se ha tratado con respeto a los muertos, conocedores de la respuesta. Con respeto y con miedo.
Miedo a que el espíritu del difunto no desee abandonar el mundo e intente poseer otro cuerpo. Miedo a que los malos espíritus perturben el descanso del fallecido. Miedo a que regrese de entre los muertos para importunar a los vivos. Dando lugar estas creencias a múltiples costumbres y tradiciones.
Cuando alguien fallece lo primero que se hace es cerrarle los ojos. Con ello se pretende evitar que el difunto escoja al siguiente en morir y se establece una frontera entre lo muerto y lo vivo, de la misma manera que al cubrir el cadáver con una sábana o tela.
Velar al muerto significa hacerle compañía desde el momento de la muerte hasta recibir sepultura a la luz de las velas repartidas por la viuda, el viudo o los familiares, evitando así que malos espíritus le importunen. Siendo otra señal de duelo el vestir alguna prenda de luto.
El color del luto es el negro a partir del siglo XI —antes era el blanco— y obedece a la necesidad de los vivos de ocultarse a los muertos. Con la muda del atuendo habitual buscaban un doble fin: desorientar al muerto haciendo irreconocible al vivo —evitando así que el alma del difunto penetrara en el cuerpo de los vivos— y apartar a los dolientes del resto de la sociedad para no contaminarla con la impureza que suponía la muerte. Algunos pueblos primitivos usan el color blanco embadurnándose el cuerpo con yeso o con cenizas a fin de disfrazarse de espíritus y desorientar a los intrusos del más allá.
Una vez amortajado el cadáver recibe sepultura bien envuelto el tela o, si su economía lo permite, en un ataúd. Ya hacia el cuarto milenio antes de Cristo los sumerios metían a sus difuntos en cestos de juncos movidos por el miedo al regreso y se debe entender este hecho como un antecedente del ataúd. En algunos pueblos del norte de Europa se decapitaba el cadáver y se le amputaban los pies para evitar que persiguiese a los vivos. Y aunque enterrarlo bajo metro y medio de tierra podía ser suficiente, se le encerró en una caja, se le clavó una tapa con un número exagerado de clavos y se cegó la entrada de la tumba con una pesada lápida.
En Roma se enterraba al atardecer y, para despistar al muerto se llegaba al cementerio ya anochecido y se encendían antorchas tanto para alumbrarse como por ser el fuego un elemento parejo a la muerte. De hecho la palabra funeral proviene del latín funus, ‘tea encendida’.
Colocar flores en las sepulturas se interpreta como el deseo de proporcionar algo vivo en recuerdo del difunto y la corona de flores tenía también la misión de barrar el paso al espíritu e impedirle volver del mundo de los muertos.
Creencia muy arraigada era la que contemplaba que el alma que carecía de tumba erraba por la tierra y podía atormentar a los mortales enviándoles males o atormentándoles con sus apariciones. Y no bastaba con enterrar el cuerpo, se debían observar ritos. La eventualidad de ser indebidamente enterrado atemorizaba a los vivos y se temía más que a la muerte misma. En la Ilíada, Héctor ruega a su vencedor para que no le prive de sepultura:
“Te imploro no entregues mi cuerpo a los perros junto a los barcos griegos; acepta el oro que te ofrecerá mi padre y devuélvele mi cuerpo para que los troyanos me ofrezcan mi parte en los honores.”
La posesión por parte de un espíritu maligno o un alma atormentada ha sido un temor ancestral y diversas han sido las artimañas para protegerse de tal eventualidad. Las primeras proceden seguramente del Neolítico y se pueden observar en la actualidad en las tribus más atrasadas del África profunda o del Amazonas. Consisten en la automutilación y colocación de objetos mágico-religiosos en los orificios del cuerpo por los que podían penetrar los malos espíritus. A ese fin se agujereaban los extremos de las orejas para colgar de ellas talismanes, y también las aletas de la nariz o los labios.
Los pendientes pasaron a ser de oro, ya que al fetichismo se le unía el prestigio del metal, y si el pendiente era un aro se interpretaba en el mundo antiguo como sumisión a Dios.
El hombre del Neolítico acostumbraba a pintarse la cara y el cuerpo con significado mágico-religioso, como una forma de disfrazarse y ocultarse a los malos espíritus y a no ser reconocido tras la máscara. Después de ello, el maquillaje estuvo presente en todo el mundo antiguo. Los reyes se presentaban ante su pueblo maquillados, las mujeres podían aparecer en público desnudas, pero no sin pintarse y en Egipto nadie era enterrado sin útiles cosméticos. Hombres y mujeres pintaban sus labios de color rojo pálido por imperativo de la moda egipcia y por la supersticiosa creencia de que no es posible la muerte si los labios están rojos.
El mismo cuento se le puede aplicar a la pintura de ojos y a los tatuajes con los que algunos aborígenes maoríes adornan su cuerpo. Incluso al gesto de cubrir el bostezo con la mano, ocultando la desmesurada y prolongada abertura de la cavidad bucal. E incluso el cubrimiento de las partes íntimas obedece no tanto a un sentimiento de pudor como a una maniobra de protección de otros posibles orificios de entrada del cuerpo o contra el mal de ojo sobre tan delicadas partes de la anatomía.
Publicado originalmente el 17 de febrero de 2002
costumbre miedo muerte sepultura significado supersticionesEpigramas (2)
Más epigramas obra de Baltasar del Alcázar (1530-1606). De tono festivo, burlón, jocoso y satírico, sin llegar a ser sangrante.
A una mujer escuálida
Yace en esta losa dura
una mujer tan delgada
que en la vaina de una espada
se trajo a la sepultura.
Aquí el huésped notifique
dura punta o polvo leve,
que al pasar no se la lleve,
o al pisarla, no se pique.
Job
A Job el diablo tentó
con tanta solicitud,
que los bienes, la salud
y los hijos le quitó.
Más no pudiendo vencer
su virtud, por inquietarle,
trató de desesperarle
y le dejó… la mujer.
El estudiante
Cierto día un estudiante
al revisar su ropilla,
se encontró en la pantorrilla,
un enorme interrogante.
Siguió el pobrete adelante,
y al ver que en puntos hervía
su calceta, maldecía
diciendo: “¡Cuán bueno fuera
si más estambre tuviera
y menos ortografía!”
Mausoleo
¿Sabías por qué llamamos MAUSOLEO a un sepulcro magnífico y suntuoso?
Proviene del latín mausoleum, ’sepulcro de Mausolo’.
Mausolo (377-353 a.C.), rey de Caria y uno de los príncipes más ricos y poderosos de su tiempo, fue a su muerte tan llorado por su esposa Artemisa II que ésta para enaltecer la memoria de su amado, mandó construir en Halicarnaso un magnífico sepulcro, cuyo esplendor eclipsaba todo lo que en este género se había visto hasta entonces.
Este monumento funerario ha sido considerado una de las siete maravillas del mundo.
sepulturaEpitafios (3)

La Muerte es una cosa muy seria. Pero como ocurre con todas las cosas serias, no está de más tomarlas a broma de vez en cuando.
A continuación unos epitafios en clave de humor.
a una suegra de su yerno: Tanta paz encuentres como tranquilidad me dejas.
a un yerno de su suegra: Descansa en paz… hasta que volvamos a encontrarnos.
de un gandul: Aquí reposa, en su vida no ha hecho otra cosa.
de un vendedor inmobiliario: El sitio es pequeño, sí, pero está a diez minutos del centro.
de cualquier hijo de vecino: Gracias Señor por aliviarme el pago de la hipoteca.
de un pesimista: Ya sabía yo que esto acabaría así.
de un de gracioso: No se apuren, que aquí los espero.
de un inconformista: Aquí yace enterrado uno que quería ser incinerado.
de un trabajador: Ahora sí que estoy hecho polvo.
de un quejica: Esta postura me está matando.
de uno que aguantó la respiración más que nadie: Gané.
de un inconformista: No estoy de acuerdo.
de un lógico: Si estás leyendo esto es que estoy muerto.
de un jugador: No saques ninguna conclusión al verme aquí, pero si quieres sacar alguna, tres con la que saques.
de un indeciso: Esto no es un epitafio… ¿o sí?
de un filósofo: La muerte está tan segura de ganar, que nos da toda una vida de ventaja.
de Blancanieves: ¿Por qué me tocaría un príncipe gay?
de un currante: ¡Vacaciones, por fin!
de un desinformado: ¿Y hasta cuándo he de estar aquí?
de un legislador: Prohibido cagarse en los muertos.
de un claustrofóbico: ¡Sáquenme de aquí!
de un conocedor del ser humano: Si queréis los mayores elogios, moríos.
de un chulo: ¡Y tú qué miras!
de una señora de la limpieza: ¡Cuánto polvo!
de un temerario: Con lo que me gustaba el puenting…
de un conformista: Aquí se está de muerte.
de un optimista: ¿Seguro que no se puede hacer nada, doctor?
de un borracho: Espero no despertar del sueño eterno con resaca.
frases muerte sepulturaSarcófago

¿Sabías por qué se llama SARCÓFAGO a un sepulcro, a un lugar para dar sepultura a un cadáver?
Proviene de sarkophagos, palabra griega con la que se designa al que se alimenta de carne.
Compuesto de sark que significa ‘carne’ y phagein que significa ‘comer’; lo que provee del significado de ‘como’.
En efecto, llamaban así los griegos a las personas o animales que se alimentan de carne, es decir a los carnívoros (sarcofágos y carnívoro son equivalentes elemento por elemento).
La explicación del nombre de sarcófagos aplicado a los ataúdes de piedra arranca en Eratóstenes (270 a C.) y la recoge Plinio el Viejo. Según ellos, este nombre se debía a que los griegos construían las tumbas con una piedra calcárea extremadamente porosa procedente de las canteras de Assos, en la Tróade, que consumía en poco tiempo los cadáveres.
Esta caliza era conocida con el nombre de lithos sarkophagos, ‘piedra que come carne’.
Más tarde la palabra se aplicó a las sepulturas construidas con cualquier tipo de piedra.
muerte sepulturaEpitafios (2)
La Muerte es una cosa muy seria. Pero como ocurre con todas las cosas serias, no está de más tomarlas a broma de vez en cuando.
A continuación unos epitafios en clave de humor:
a una esposa: Aquí yace mi mujer, fría como siempre.
a un esposo: Aquí yace mi marido, al fin rígido.
a una suegra: Señor, recíbela con la misma alegría con la que yo te la mando.
a una solterona: ¡Al fin polvo!
al perrito de Scottex: Murió de un mal rollo.
a un compositor: Esperamos que compongas una fuga.
a un ermitaño: ¡Dejadme solo!
a uno muy ocupado: Si no viví más fue porque no me dio tiempo.
a un avaro: Al más rico del cementerio.
a un hipocondríaco: Pues tenía razón.
a un fumador: Por fin dejó de fumar.
a un filósofo: Necesitó toda una vida para llegar hasta aquí.
a una estrecha: Aquí yace una virgen, que por ser tan buena y no querer, se fue para la otra vida con muy poquito placer.
a un actor: Que baje el telón.
a un inconformista: Aquí yace uno en contra de su voluntad.
a un temerario: Habría jurado que pasaba entre los dos camiones.
a un matemático: Ya sé que fui uno más, pero me cago en la estadística.
a un aburrido: Estos días se le van a hacer eternos.
a una presumida: Ahora sí que está de muerte.
a un envidioso: ¿Qué tenía Lázaro que no tenga yo?
a un pesimista: Siempre dijo que acabaría así.
a un despreocupado: Vale… tenía que revisar los frenos…
a un profesional de éxito: En estos momentos no puedo atenderle. Deje su mensaje después de oír la señal.
muerte sepulturaEpitafios
La Muerte es una cosa muy seria. Pero como ocurre con todas las cosas serias, no está de más tomarlas a broma de vez en cuando.
A continuación, un poco de humor negro con algunos epitafios dedicados a profesiones, condiciones o maneras de ser:
a un delineante: Era tan bueno que habrá ido al Cielo en línea recta.
a un agricultor: Sembró el Bien, habrá recogido la Gloria.
a un miembro de cualquier corte: Aquí yace un cortesano que se quebró la cintura un día de besamano.
a una suegra de su yerno: RIP RIP ¡Hurraaaaa!
a un bombero: No quiso que lo incineraran.
a un jugador de golf: Su último hoyo.
a un escritor de cuentos: Y colorín colorado…
a un músico: CHIN-PÓN.
a un ludópata: No va másssss….
a un minero: De nuevo bajo tierra.
a un curioso: Se metió donde no debía.
a un pescador con caña: Ahora tendrá gusanos de sobra.
a uno que jugaba al escondite: ¡Ganaste!
a un cineasta: The end.
a una suegra de su yerno: Aquí yace mi suegra. Descanso en paz.
a un fanático de los videojuegos: GAME OVER.
a uno que llevaba siempre la contraria: Hola, tu familia y amigos te damos la bienvenida.
a un electricista: Se apagó su luz.
a un mal actor: ¡Qué bien hace el muerto!
a un dibujante de animación: That’s all folks!
muerte sepulturaEl tiovivo

¿Sabías por qué se llama TIOVIVO al carrusel de caballos de las ferias?
Es éste un curioso apelativo el que recibe la atracción de feria también conocida como carrusel o más familiarmente como caballitos.
En sus inicios era una aparato muy sencillo, consistente en una recia viga vertical rematada en un eje, y en dos tablas iguales puestas en cruz que giraban sobre él y de cuyos extremos pendían sendos caballitos de cartón. Los pequeños jinetes trataban de introducir un palito en una anilla, que pendía de un poste o que sostenía en dueño del aparato, cada vez que el giro les aproximaba a la misma.
En referencia al origen del nombre, se suele hacer mención a lo que Sofía Tartilán relata en su libro Costumbres populares. Cuadros de color (Madrid, 1880) en el que se lee:
El 17 de julio de 1834 fue en Madrid un día de luto y de desolación. Más de ciento cincuenta personas habían fallecido del cólera en la noche anterior. Una de las víctimas fue el infortunado Esteban Fernández, que tenía que ganarse la vida (con un aparato giratorio de los llamados “caballitos”) en lo que hoy se llama paseo de las Delicias, sito detrás del Hospital General.
Muerto el buen Esteban, su familia sólo pensó en sacar de la casa el cadáver. Cuatro amigos cargados con las andas —entonces las cajas mortuorias eran un objeto de lujo vedado a los pobres— se encaminaron al cementerio. Silenciosos y taciturnos marchaban en fúnebre cortejo los que llevaban en hombros al muerto y los pocos amigos que le acompañaban en su último paseo, cuando al llegar al sitio próximamente en que estuvo el circo, el que creían cadáver, incorporándose bruscamente dentro de las andas y arrojando lejos de sí el paño negro que le cubría, empezó a gritar:
-¡Estoy vivo! ¡Estoy vivo!
El terror que inspiró en el fúnebre cortejo estuvo a punto de serle fatal. Los que llevaban las andas las arrojaron al suelo, apretando a correr a campo a través, como si el muerto les pisara los talones…
La convalecencia fue larga; mas su fortuna estaba hecha. Desde aquel día, el tío Esteban despareció para dar paso al Tío Vivo; y cuando el cólera hubo calmado su furor y volvió a pensarse en diversiones, al reaparecer en el paseo de las Delicias el aparato de los caballitos y las barquitas de madera, los habituales parroquianos del tío Esteban le saludaron con su nuevo nombre: le llamaron el Tío Vivo y el Tío Vivo se hizo célebre, se hizo popular, fue conocido en todos los rincones de la Corte; se le buscó, se le admiró como a una cosa sobrenatural, y hasta hubo quien le pidió noticias del otro mundo. Todo esto empezó a disgustar al buen hombre; pero al fin se acostumbró a su confirmación, tanto más cuanto que le era lucrativo, y olvidando él mismo su verdadero nombre de pila, se oyó llamar con complacencia Tío Vivo, legando este nombre a sus hijos y descendientes. Desde entonces el aparato de diversión llamado los caballitos tomó el nombre de los caballitos del Tío Vivo. Andando el tiempo se le llamó solamente el Tío Vivo. Hasta que se generalizó la denominación y la Real Academia incluyó en su Diccionario la palabra “tiovivo”: “Aparato giratorio con asientos de varias formas dispuestos en círculo, que sirve de recreo en las ferias y fiestas populares.”
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