Insultos y tacos (2)
Además de proferirse para ofender, los insultos también tienen un uso disuasorio: el de la ofensa previa para amedrentar.
Si además proferimos tacos y palabras malsonantes, el efecto es mayor. Y si el mensaje va bien rellenito de faltas de ortografía de las gordas, para demostrar lo brutos que podemos llegar a ser, el efecto es aún mayor.
Vaya como ejemplo el siguiente cartelito:

Insultos y tacos
Colaboración de Pablo S.
Los juramentos, los insultos y las blasfemias son recursos idiomáticos inherentes a todas las lenguas del mundo. Los temas más recurrentes en la creación de tacos e insultos son tres: los que se refieren a blasfemias, los de acepción sexual y los de contenido escatológico.
Dependiendo de cada cultura su empleo varía de forma considerable. En la mayoría de los países su grado de utilización está íntimamente relacionado con el nivel cultural y social del hablante. Sin embargo, existen territorios —España sobre todo— en los que el respeto hacia el interlocutor se relaja cada vez más, lo que produce que los tacos tengan mayor aceptación. Algo impensable en cualquier otro país del mundo, donde su uso se restringe a los jóvenes o a las situaciones en las que hay un alto nivel de confianza entre los hablantes.
Alemanes, portugueses, holandeses, flamencos y franceses suelen ser los más recatados. Pero dentro de estas lenguas existen ciertas particularidades, como la de los franceses de origen árabe, que hacen que la incorrección alcance cotas muy altas al incorporar expresiones xenófobas. Un ejemplo: Je nique ta race, ‘maldigo tu raza’, una frase que es usada ante contratiempos banales.
Los anglófonos son, en general, bastante malhablados pero poco originales. En ese aspecto, holandeses y flamencos son muy imaginativos. En Amsterdam, un ciudadano enojado le deseará finamente que le sodomicen, sodemieter op!; y en Amberes tal vez oiga que es un klootzak, ‘escroto’. ¿Y los más comedidos? Los japoneses, y en especial las mujeres, que siguen desempeñando un papel ancestral de virtud, sumisión y mesura. Ni siquiera los jóvenes nipones se sueltan la melena. En el país del sol naciente, donde el respeto cimenta la convivencia, los tacos apenas existen y son casi de uso exclusivo de maleantes.
Españoles, franceses, alemanes, británicos, turcos e italianos consideran como un grave ataque a su persona ser tratados de hijos de puta. También es común a todos ellos el enfado si se hace referencia a una supuesta homosexualidad. En cuanto al insulto dirigido a mujeres, lo que no es tolerable en ningún caso es ser comparada con una prostituta.
A partir de estas generalidades, las sensibilidades varían. Un italiano perderá los nervios si se le trata de cornuto o si se meten con su hermana; un holandés no soporta que alguien le desee que se muera de una enfermedad; y para un turco la mayor afrenta será llamarle burro y meter en esta categoría a su padre, esek oglu esek. En el caso de los árabes la situación se complica en el momento en el que se maldice la religión de la madre, nâal din mouk o cuando se le insinúa ser un wald al harem, ‘hijo de lo ilícito’.
También existen insultos que, siendo menos ofensivos, resultan graciosos: en estas lides los más originales son los belgas flamencos, que comparan al adversario con un smeerlap, ‘trapo sucio’. O los italianos que, no contentos con maldecir a los muertos de uno, su maldición salpica hasta a los muertos de los muertos: I muort’ e chi t’e muort.
En cuanto a los tacos o palabras de mal gusto utilizadas para mostrar cierta disconformidad ante una situación concreta, la mayoría de las lenguas europeas opta por expresarla mediante una sonora alusión a las heces: mierda en castellano, shit en inglés, merde en francés y scheisse en alemán. También se decantan por ella los árabes que exclaman jra.
Por contra, los italianos emplean a menudo la palabra relativa al pene, en su versión coloquial y en sus distintos dialectos: cazzo, minchia, para expresar la sorpresa o el enfado.
Sólo los anglófonos se asemejan más a los españoles y muy a menudo no pueden evitar colar en cualquier frase una referencia al acto sexual, su fuck que se corresponde con nuestro joder.
Fin de la colaboración
Para ilustrar el tema nada mejor que una muestra del ingenio patrio.

Carajos famosos
Dice el DRAE que carajo es una expresión que se usa para expresar disgusto, rechazo, sorpresa, asombro, etc…
Veamos algunas frases famosas en las que se incluyó esta expresión malsonante, pero tan habitual.
¿Cuando carajo va a parar esta lluvia?
Noé
¿Cómo carajo has dicho que fue?
San José
¿Cómo carajo se te ocurrió eso?
La mamá de Pitágoras a su hijo
¿Qué carajo me habéis dado a beber?
Sócrates
¡Que calor, carajo!
Juana de Arco
¡¿Cuándo carajo vamos a llegar?!
Cristóbal Colon
¿Cómo carajo querrá que pinte el techo?
Miguel Ángel
¿De dónde carajo salieron estos indios?
General Custer
¡Qué carajo, cogeremos el avión!
Carlos Gardel
¡Y qué carajo le puede pasar a este barco!
Un pasajero del Titanic
¿Cómo carajo van a entender esto?
Einstein
Venga, Mónica ¿Quién carajo se va a enterar?
Bill Clinton
¡Manda uebos!
¿Sabías por qué decimos ¡MANDA UEBOS! para expresar que se hace algo por obligación, porque no hay más remedio?
Su uso es casi siempre exclamativo, un reniego para dejar claro que se hace algo a regañadientes aunque sea necesario hacerlo.
Colaboración de Efraín Arturo Corte
Que los huevos los ponen las gallinas es algo que cualquier niño sabe. Cuando crecen un poco, comprenden que las demás aves también los ponen, y en la adolescencia se enteran de que los huevos de las aves son el equivalente de los óvulos de las hembras de los mamíferos, sus mamás incluidas.
Sin embargo, cualquier adulto medianamente letrado se espanta ante la palabra uebos, que salta a la vista con su estrafalario aspecto de falta ortográfica imperdonable y doble significado. Sin embargo, el Diccionario académico nos informa que uebos es un sustantivo arcaico que significa ‘necesidad, cosa necesaria’.
El que sigue es uno de los cinco solitarios ejemplos que aparecen del uso de esta de palabra, el más reciente de los cuales data del año 1297:
Quantos nunqa venién, de qualquier malatía,
éstos eran cutiano e muchos cada día,
untávanlos con ello, e avién mejoría,
nunqa lis era uebos buscar otra mengía.
Lo que en el español de hoy significa:
Cuántos venían en cualquier momento, por cualquier enfermedad,
éstos eran cotidianos y muchos cada día
untábanlos con ello y experimentaban mejoría
nunca les era necesario buscar otro remedio.
El Diccionario pone como ejemplos uebos me es (me es necesario), uebos nos es (nos es necesario) y uebos auemos (tenemos necesidad), lo que indica que tanto puede ser sustantivo —como quiere el diccionario— como adjetivo. Lo difícil es entender para qué el Diccionario guarda palabras que no se usan desde hace más de siete siglos y es tan lerdo para incluir acepciones de uso cotidiano.
Sin embargo, puedo decir que ustedes, amig@s uebos me es.
Fin de la colaboración
A la luz de esta explicación es más fácil comprender por qué la expresión ¡manda uebos! expresa la resignación con la que se realiza un acto no deseado pero necesario. Tengo que ir al dentista, ¡manda uebos!
Cierto es que hacer algo por huevos es hacerlo porque sí, porque uno lo quiere, por hombría, por cabezonería, y que la similitud fonética nos puede llevar a confusión, pero ni el término ni el significado es el mismo.
tacosEchar pestes

¿Sabías por qué ECHAR PESTES es una expresión utilizada para maldecir, mostrar enfado insultando o injuriando?
También se utiliza para decir que se habla mal de una persona, que se echa pestes de ella.
Proviene de una frase más antigua: echar pésetes.
Pésete significaba ‘que te pese’, y se utilizaba como una forma coloquial de juramento o reniego. Actualmente se usa en la forma ¡mal que te pese! también con la intención de maldecir.
tacos
Son frases utilizadas para echar a una persona de un lugar o apartarla del trato con desaire; cuando, hartos del fastidio que representa su presencia o sus comentarios, nos deshacemos del indeseable de manera desabrida.
Todas las locuciones tratadas a continuación son eufemismos de mandar a tomar por el culo o mandar a la mierda, y con ellas se pretende mantener alejado y ocupado el mayor tiempo posible —quizás en una tarea inútil o desagradable— al pelma objeto de nuestro trato desconsiderado.
Vete a freír espárragos es una frase documentada ya en el siglo XIX en el que se decía anda a freír espárragos o anda a esparragar; esto es, a coger espárragos. La expresión procede en última instancia del proverbio latino Citius quam asparagi coquantur, ‘en lo que tardan en cocer los espárragos’ en latín, y que hace referencia a un tiempo brevísimo, ya que el espárrago debe ser retirado del fuego al primer hervor. Entonces, si lo que se pretende es mantener ocupado el mayor tiempo posible al individuo molesto, o se le manda a recogerlos o a freírlos, en una confusión significativa enviando a freír algo que se ha de hervir, en la línea de algo inútil como la del que asó la manteca.
Y no sólo se le manda a freír espárragos, también a freír churros (lo que es más lógico) y a freír monas (tarea tan inútil como complicada). También es usual que al indeseable se le diga: ¡vete a hacer puñetas! o ¡vete a hacer gárgaras!
Las puñetas son las bocamangas de bordados y puntillas que adornan algunas togas. En su edición del año 1737, el Diccionario de la Lengua Castellana define el término puñetes como: “… lo mismo que axorcas u otro adorno de los puños.”
La confección de aquellos adornos realizados con hilo formando un tejido calado, se realizaba a mano en una tarea artesanal de encaje que requería mucho tiempo, justo el que deseamos vernos libre de la compañía del pelma. Además, ocurría que la mayor parte de estas labores se realizaba en los conventos, con lo que todo quedaba arreglado si además era de clausura y nos librábamos de su presencia por siempre jamás.
Lo de mandar a hacer gárgaras tiene el mismo significado: el de enviar al indeseable a realizar una actividad que le tenga entretenido alguna temporada; en este caso realizando enjuagues, manteniendo el líquido en la garganta y haciendo vibrar el velo del paladar y la laringe. De esta guisa está incapacitado para hablar y, por ende, para fastidiarnos con su cháchara. Aunque no sería descabellado suponer en el origen de la frase su utilización para deshacerse del que ha blasfemado o ha dicho algo inconveniente o ridículo.
También se le puede mandar a la porra. Siendo la porra una especie de bastón, terminado en un gran puño de plata, que llevaba el tambor mayor de los antiguos regimientos de los siglos XVII y XVIII. Cuando las tropas acampaban, se clavaba el bastón en el suelo para señalizar el punto de reunión. Y allí eran enviados los soldados arrestados: ¡a la porra! Posteriormente, el oficial de guardia pasaba a recoger a los arrestados y a encomendarles tareas de castigo que les tenían ocupados mucho tiempo.
También se puede mandar a alguien al guano y, sabiendo que el guano es la acumulación de excrementos de las gaviotas y otras aves marinas, el aspecto eufemístico queda aclarado. También se le puede mandar a paseo (cuanto más largo mejor) a freír morcillas o, en un tono más clásico, mandarlo al infierno.
También se le puede mandar al carajo, al pedo, al quinto pino, a tomar por saco, a cagar a la vía (con la secreta esperanza de que el tren le arrolle en plena faena), al cuerno, y otras mil maneras consagradas por el humor popular, fecundo en esto como en tantos otros aspectos.
políticamente correcto sentimientos tacosUn eufemismo es una palabra o frase que expresa con suavidad o decoro ideas cuya franca expresión se considera malsonante.
Se puede decir que alguien “no es joven” para decir que es viejo sin decirlo y así no ofenderle.
Se dice “empleada del hogar” por sirvienta o criada, “anciano” o “de la tercera edad” por viejo, “hombre de color” por hombre de raza negra, “sin techo” por vagabundo, “necesitado” por pobre, “país del tercer mundo” por país subdesarrollado, “paciente” por enfermo y así muchas más.
Con los tacos e insultos suele pasar algo parecido. Lanzamos una imprecación pero pretendemos ser educados al mismo tiempo, con lo que se producen exclamaciones del siguiente tipo: ¡Córcholis! ¡Caracoles! ¡Jobar! ¡Mecachis! ¡Jopé! ¡Jolines! ¡Ospá! ¡Mecagüen! …
El lenguaje políticamente correcto es una extensión del eufemismo. Se trata de un “invento” de finales del siglo XX y es una retórica plagada de eufemismos, que pretende no ser ofensiva con nadie, ya sea persona o entidad. Su principal característica es la no discriminación de sexos y razas, ya sea en cuanto a las palabras como en cuanto a las actitudes.
La abogado deja paso a la abogada y la fiscal a la fiscala, la médico a la médica y la concejal a la concejala. Los niños de la clase pasan a ser los niños y niñas de la clase o, peor aún, los niños/as de la clase y las A.P.A. (Asociaciones de Padres de Alumnos) pasan a ser las A.M.P.A. (Asociaciones de Madres y Padres de Alumnos/as).
En su mayor apogeo no era raro leer escritos tal que así: “Distinguidos/as padres/madres: Convocamos la reunión para hablar juntos/as de nuestros/as hijos/as…”
En la actualidad ha surgido la utilización del símbolo “@” como sustitutivo del género al simbolizar la “a” y la “o” en una sola grafía. Da un toque de modernidad y obvia el engorro de la repetición de letras y palabras.
Como curioso ejemplo de lo anteriormente expuesto, se puede leer a continuación el cuento de Caperucita roja, escrito en un lenguaje políticamente correcto, para disfrute de todos/as los/as niños/as políticamente correctos/as.

EL CUENTO DE CAPERUCITA ROJA EN LENGUAJE POLÍTICAMENTE CORRECTO PARA NIÑOS/AS POLÍTICAMENTE CORRECTOS/AS
Érase una vez una persona de corta edad llamada Caperucita Roja que vivía con su madre en la linde de un bosque. Un día, su madre le pidió que llevase una cesta con fruta fresca y agua mineral a casa de su abuela, pero no porque lo considerara una labor propia de mujeres, atención, sino porque ello representaba un acto generoso que contribuía a afianzar la sensación de comunidad. Además, su abuela no estaba enferma; antes bien, gozaba de completa salud física y mental y era perfectamente capaz de cuidar de sí misma como persona adulta y madura que era.
Así, Caperucita Roja cogió su cesta y emprendió el camino a través del bosque. Muchas personas creían que el bosque era un lugar siniestro y peligroso, por lo que jamás se aventuraban en él. Caperucita Roja, por el contrario, poseía la suficiente confianza en su incipiente sexualidad como para evitar verse intimidada por una imaginería tan obviamente freudiana. De camino a casa de su abuela, Caperucita Roja se vio abordada por un lobo que le preguntó qué llevaba en la cesta.
Un saludable tentempié para mi abuela quien, sin duda alguna, es perfectamente capaz de cuidar de sí misma como persona adulta y madura que es -respondió.
- No sé si sabes, querida -dijo el lobo-, que es peligroso para una niña pequeña recorrer sola estos bosques.
Respondió Caperucita:
Encuentro esa observación sexista y en extremo insultante, pero haré caso omiso de ella debido a tu tradicional condición de proscrito social y a la perspectiva existencial -en tu caso propia y globalmente válida- que la angustia que tal condición te produce te ha llevado a desarrollar. Y ahora, si me perdonas, debo continuar mi camino.
Caperucita Roja enfiló nuevamente el sendero. Pero el lobo, liberado por su condición de segregado social de esa esclava dependencia del pensamiento lineal tan propia de Occidente, conocía una ruta más rápida para llegar a casa de la abuela. Tras irrumpir bruscamente en ella, devoró a la anciana, adoptando con ello una línea de conducta completamente válida para cualquier carnívoro.
A continuación, inmune a las rígidas nociones tradicionales de lo masculino y lo femenino, se puso el camisón de la abuela y se acurrucó en el lecho.
Caperucita Roja entró en la cabaña y dijo:
Abuela, te he traído algunas chucherías bajas en calorías y en sodio en reconocimiento a tu papel de sabia y generosa matriarca.
Acércate más, criatura, para que pueda verte -dijo suavemente el lobo desde el lecho.
¡Oh! -repuso Caperucita-. Había olvidado que visualmente eres tan limitada como un topo. Pero, abuela, ¡qué ojos tan grandes tienes!
- Han visto mucho y han perdonado mucho, querida.
- Y, abuela, ¡qué nariz tan grande tienes!… relativamente hablando, claro está, y a su modo indudablemente atractiva.
- Ha olido mucho y ha perdonado mucho, querida.
- Y… abuela, ¡qué dientes tan grandes tienes!
Respondió el lobo:
- Soy feliz de ser quien soy y lo que soy -y, saltando de la cama, aferró a Caperucita Roja con sus garras, dispuesto a devorarla.
Caperucita gritó; no como resultado de la aparente tendencia del lobo hacia el travestismo, sino por la deliberada invasión que había realizado de su espacio personal.
Sus gritos llegaron a oídos de un operario de la industria maderera (o técnico en combustibles vegetales, como él mismo prefería considerarse) que pasaba por allí. Al entrar en la cabaña, advirtió el revuelo y trató de intervenir. Pero apenas había alzado su hacha cuando tanto el lobo como Caperucita Roja se detuvieron simultáneamente.
- ¿Puede saberse con exactitud qué cree usted que está haciendo? -inquirió Caperucita.
El operario maderero parpadeó e intentó responder, pero las palabras no acudían a sus labios.
- ¿Se cree acaso que puede irrumpir aquí como un Neandertalense cualquiera y delegar su capacidad de reflexión en el arma que lleva consigo? -prosiguió Caperucita-. ¡Sexista! ¡Racista! ¿Cómo se atreve a dar por hecho que las mujeres y los lobos no son capaces de resolver sus propias diferencias sin la ayuda de un hombre?
Al oír el apasionado discurso de Caperucita, la abuela saltó de la panza del lobo, arrebató el hacha al operario maderero y le cortó la cabeza.
Concluida la odisea, Caperucita, la abuela y el lobo creyeron experimentar cierta afinidad en sus objetivos, decidieron instaurar una forma alternativa de comunidad basada en la cooperación y el respeto mutuos y, juntos, vivieron felices en los bosques para siempre.
cuento políticamente correcto sentimientos tacos





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